La "enfin", nuestra querida tía María
Los recuerdos de Juanjo
Nosotros tuvimos la suerte de tener
cuatro abuelas, y no es que mis padres se hubieran separado y “recasado”,
simplemente porque la vida nos premió con ese doblete.
Nuestras abuelas fueron:
La abuelita Concha, que se ponía años para que le
dijesen que parecía más joven. Estaba cargada de enfermedades y presumía de
rebosar salud y se paseaba con su traje de chaqueta y sus taconazos a los
ochenta y cinco años.
La abuelita
Carmen “La Tita”, que se hacía
llamar así para disimular su “abuelez”, se quitaba años hasta en el carné de
identidad, tanto es así que murió con 100 y en su documentación salían unos
cuantos años menos. Estaba sana como una manzana y presumía de tener todas las
enfermedades del vademécum de medicina y a pesar de comer como una lima nueva,
nunca tenía apetito.
La tía Tere, que desde que enviudo en la
guerra vivió con los “Titos” era la tercera abuela y fue la mejor cocinera y la
mujer más buena y generosa que recuerdo, no puedo olvidar las linternas con
luces de colores que siempre nos regalaba y con las que alucinábamos. Todos los
días cocinaba y decía,
- Los que estudiáis si que tenéis
suerte, que solo os examináis de vez en cuando, yo me examino todos los días.
- Tía Tere esto esta comida esta
sosa-, le decía alguien.
- A “puñaos” le echado la sal a
“puñaos- contestaba con grandes aspavientos.
Nuestra cuarta
abuela fue la tía Maria Bofill, hermana del abuelo Ramón y de la que trata este
relato a modo de homenaje. A la tía María
la apodábamos cariñosamente, "La Enfin”, porque continuamente repetía –“en fin, desto todo desto”-, y esta frase
es una muletilla familiar que repetimos hasta la saciedad porque siempre nos ha
hecho mucha gracia... igual que cuando besuqueaba a Toñín y lo dejaba lleno de
babas.
La tía María
siempre fue una mujer muy alegre, nunca la vi enfadada, era todo bondad.
Ella venía
todos los miércoles por la tarde a merendar a casa. “En fin, desto todo desto, un día os llevaré al cine...”. Lo repetía
continuamente, un día con Joaquín las contamos y fueron veintiuna veces en el
rato del saludo y el trozo que la acompañábamos a la parada del autobús, que
estaba al lado de casa. Un par de veces al año cumplía su promesa y nos llevaba
al cine Publi, donde siempre ponían películas para ver en familia. Las de Jerry
Lewis eran las “pelis” que más me gustaban y las de Disney pero de personas
como “El abuelo está loco” o “Mary Poppins”. La otra salida típica era a la
calle Pretixol a comer un “suizo” (chocolate desecho con nata y melindros),
aunque creo que en realidad nos llevaba a la Granja M. Viader de la calle
Xuclá.
No podemos
olvidar la típica piña de la tía María, que todos los años nos traía el día de
Navidad para postre. Los cabr... de la tienda le vendían la más madura que
tenían, estaba medio podrida y mi madre la tenía que tirar a la basura, pero ya
se había encargado de comprar otro par de piñas. Papá se encargaba de cortarlas
con el cuchillo eléctrico y a la hora del postre las sacaban en una bandeja, la
piña se había multiplicado como el milagro de los panes y los peces. En ese
momento todos vitoreábamos y aplaudíamos la piña de la tía María. Vivíamos su
inocencia con entusiasmo. Ella se iba súper contenta con la sensación de ser la
estrella de la navidad, “En fin desto
todo desto, el año que viene volveré a traer la piña”. Por eso cada vez que
veo piña no puedo evitar pensar en aquellas maravillosas navidades.
La casa de la tía
María era un principal de un edificio más o menos regio, pero decadente, en el
Barrio de San Antonio de Barcelona. En su día debió ser un pisazo.
En vida del Dr.
Blanqué medio piso era vivienda y en el otro medio tenía él su consulta
particular de médico.
El Dr. Blanqué y la tía María tenían una buena posición económica ya que tener coche en aquella época era todo un lujo. La tía María al volante
Una parte del
piso, la fachada, daba a la Ronda San Antonio (nº55) y la otra a un patio
interior de manzana que parecía gigantesco.
En la Finca a
la derecha de la porteria de su casa estaba el Bar “Los Pajaritos” (hoy “Els
Ocellets”), a la izquierda una pastelería donde la tía Maria compraba y se
ponía morada de pasteles de nata, y en la “Sirvent” ,que estaba en la misma
manzana, de horchata... la tía María tenía pasión por el dulce.
El Dr. Blanqué
era un personaje que ponía nombres rimbombantes a sus ayudantes, tenía uno al
que le llamaba “Aristóteles” y a otro "Arquímedes". Tenía por
costumbre los domingos después de comer, si le había gustado la comida, hacía
llamar a la cocinera al comedor y pedía: -un aplauso para la cocinera- y
después añadía -“tingui un duro”-.
Cuando la tía
María enviudó, a pesar de que su marido era médico y se ganaban bien la vida
(tenían hasta coche), no le quedó paga de viudedad.
Por las
dificultades económicas, el piso lo partieron por la mitad y ella se quedó en
la parte de atrás, la que daba al patio interior, ya que sería la más económica.
Partir un piso por la mitad era práctica habitual en los años cuarenta.
Plano y descripción de la casa de la tía María
Su casa la
convirtió en una casa de huéspedes, para poder tener así algún ingreso
económico
Los huéspedes
la llamaban “Doña”. Los más ilustres fueron: “Los Píos”, “Juanito”, “Crispín”,
“el tío Ramón”, etc.
La casa de la
tía María era muy alegre, estaba llena de jóvenes solteros y con trabajo, que
se lo pasaban en grande. Me imagino que el régimen era de pensión completa, ya
que cuando íbamos a comer siempre había algún huésped comiendo. Después los
veía por allí o haciendo gimnasia, estudiando o se iban a un segundo trabajo,
etc. Todos eran muy simpáticos con nosotros.
Los huéspedes,
cuando salían de juerga, se presentaban en la pensión a las tantas de la
madrugada con un pastelito y entonces despertaban a la tía María, que los
recibía encantada y decía “En fin, desto
todo desto, no teníais que haber traído nada” ... y se comía el pastel
mientras los otros se tronchaban de risa, les hacía mucha gracia el carácter
tan bueno de la tía María que la despertaban de madrugada y ni se inmutaba,
siempre feliz.
La Teodora era
la cocinera en casa de la tía María. Yo la recuerdo muy, muy mayor. Lo que más
nos impresionaba es que tenía barba, bigote, no tenía dientes y si te daba un
beso te pinchaba, además de hacer un estentóreo ruido de "xuclador".
Iba siempre con delantal y zapatillas, todo de aspecto grasiento y sucio, y, si
no fuese porque siempre teníamos más hambre que el perro del afilador (que se
comía las chispas por comer algo caliente), nunca hubiéramos probado nada de lo
que nos preparaba. La cocina olía a sardinas fritas y sopa de “Avecrem”, nos
hacía unos huevos fritos con puntillas, en aquel aceite de freír sardinas, que
nos servía bañados en aceite que por lo menos a mí me forjó un estomago a prueba
de bombas.
Otro personaje
era su cuñada, que era terrorífica, parecía tener cien años, tenía aspecto de
bruja y vivía como una indigente en el piso de enfrente de la Tía María, se
llamaba Mercedes Blanqué, había sido pedagoga e inspectora de Enseñanza. Olía a
orines y suciedad, producía pánico. A pesar de eso, mis padres nos hacían darle
un beso, y en aquella época que carecíamos de caridad, era para nosotros una
tortura.
Como le habían
cortado la luz, el agua y el gas, se iluminaba con velas, cocinaba haciendo un
fuego o pasaba a casa de la Tía María a que le calentasen la leche. La tía
María siempre le pasaba comida, y el agua la cogía de una fuente.
Una vez prendió
fuego al piso con una vela (por accidente) y por eso su casa era negra y olía
fatal. También tenía síndrome de Diógenes...
Cuando murió,
abrieron su piso por si alguien quería algo y mis padres se trajeron unos
cuadros gigantes rectangulares en los que había unos cactus pintados por ella.
En realidad lo que había pintado se descubrió cuando mi padre los metió en su
bañera y los cepilló con agua y jabón hasta que salió la pintura. Eran cuadros
muy bonitos y estaban muy bien hechos. De otro cuadro del que no pudieron
aprovechar nada, hicieron un espejo porque el marco era muy bonito y esas tres
maravillas presidieron el recibidor de casa de mis padres hasta que este se
vendió.
También
trajeron un juego de construcción que aparentemente era de tierra cocida, a mi
madre que le daba mucho asco nos prohibió jugar con él hasta desinfectarlo, así
que papá lo puso en un barreño con agua y lejía y al día siguiente, cuando
fuimos a jugar, se había convertido en un montón de arena.
También
apareció una calavera de bronce que era para poner incienso. Tendría yo unos
catorce años cuando para reyes pedí un juego que se llamaba “La anatomía
humana” y mi padre con su sentido del humor, cogió la calavera y me dijo: - ese
juguete es una porquería si quieres calavera, toma calavera…- y me dio el
incensario. Desde aquel día siempre dije que era mío y todavía lo tengo.
La Tía María no
se hizo vieja ya que había sido viejecita toda la vida. Ella se fue
consumiendo. Llegó un momento en que la llevaron a una residencia. Mamá, la tía
Tini y la tía Bibi eran las que se preocupaban de ella. Araceli y yo fuimos
solo un par de veces. La excusa es que nos pilló en una época mala, niñas
pequeñas, yo trabajando y estudiando, y mi suegro, el Sr. Perdigó, luchando con
una leucemia.
La tía María se fue un día a principios de agosto de
1988. Como os podéis imaginar, todo el mundo estaba de vacaciones, así que fue
un entierro al que acudimos cuatro gatos a despedir a la querida tía María.
El funeral fue en Sancho de Ávila, y después, los
pocos que quedamos fuimos al cementerio de Poble Nou (por cierto, que unos días
antes habíamos enterrado allí a mi suegro). Serían las 11 de la mañana y hacía
un sol y calor de justicia. El ceremonial del cementerio exigía abrir el nicho
y sacar los restos del ocupante y reordenarlo delante de los familiares. Cual
fue nuestra sorpresa al ver salir del nicho al Sr. Blanqué momificado. Recuerdo
que no llevaba zapatos pero si un traje. Los puños de la camisa y cuello eran
blancos como la nieve y destacaban en el color oscuro de la momia. Todos los
allí presentes sudábamos por el calor, impresionados por lo que veíamos, nos
preguntábamos cómo el Sr. Blanqué, después de tantos años, se conservaba con
tan buen aspecto.
De repente, se
levantó un viento que produjo un pequeño tornado que pasó por encima del Sr.
Blanqué, convirtiendo en polvo su vestimenta, aquel polvo lo aspiro aquella
mini manga de aire y lo fue a depositar sobre nosotros, que al estar sudados
por el calor, inevitablemente nos llevamos puesto a parte del Sr. Blanqué. Fue
su último abrazo.
Al cabo de unos
años, un día de invierno, pasé por el cementerio de Poble Nou. Allí descubrí
una máquina que pones el nombre y te da la dirección del nicho, aproveché para
visitar la tumba de mi suegro y la de la tía María. Recuerdo aquel día porque
cogí una de las mayores gripes de mi vida.
Como diría la tía Maria, “en fin
desto…todo desto”.
Juanjo Bofill
Los
recuerdos de Toñín
Mis recuerdos de la casa de la tía
María me resultan entrañables y junto a ella pasé muchos de los momentos más
felices de mi niñez.
Mamá más o menos una vez al mes a
Ramón y a mí nos llevaba a la parada del autobús y nos enchufaba en el 20,
tendríamos en aquella época entre 6 y 7 años Ramón y yo entre 8 y 9. En la
parada de destino, en la Ronda San Antonio nos esperaba la Tía María con una
sonrisa que era todo bondad, le faltaban muchos dientes y destacaba un colmillo
capaz de triturar cualquier clase de alimento por mucho que se resistiese y con
todo el cariño del mundo nos abrazaba y nos comía a besos tipo metralleta,
dejándonos mojados los mofletes que ávidamente nos secábamos con la manga del abrigo. Al primer lugar que nos llevaba era a la
pastelería que había al lado de su casa a comprar un pastel para el postre, yo
siempre me pedía un merengue, después subíamos a su casa y la primera que nos
recibía era la Teodora, tampoco tenía dientes y nos daba siempre un sonoro beso
de aspiración al vacío. La Teodora, que le llamábamos tía Dora pensando que
formaba parte de la familia, en aquella época me impresionaba porque era la
única persona mayor que era más bajita que yo.
Invariablemente siempre había para
comer arroz con tomate y huevo frito, porque ya sabía la Tía María que era lo
que más me gustaba.
Luego estaban las juergas y chanzas
con los huéspedes, a parte de los que ha nombrado Juanjo recuerdo a Agustín
(que nos invitó a su boda a la Tía María y a mí), uno que se llamaba Ramón con
melenas y amanerado, Carlos y muchos más de los que ya no recuerdo los nombres.
Esos chavales, que en aquella época los veía muy mayores, se lo pasaban bomba
con dos niños que éramos metiéndose con nosotros, provocándonos para que nos
peleáramos o enseñándonos los artilugios que tenían. Recuerdo una grabadora de
sonido de aquellas de las de antes con una bobina a cada lado.
Para llenar las tardes, la Tía María
invariablemente o nos llevaba a las barcas del Paralelo en las Atracciones del
Apolo, que era una montaña rusa que iba
por un túnel oscuro que no se veía nada, y me daba auténtico terror y después a
montar en las Golondrinas del puerto o nos llevaba al cine a ver una película
de Cantinflas o de Terence Hill y Bud Spencer.
Una imagen de la tía María de aquella época, siempre estaba sentada en su sillón en la galería de su casa o cosiendo o leyendo La Vanguardia
A veces mis padres me dejaban
quedarme a dormir en su casa, para mí era ya el sumun de la felicidad, la Tía
María me dejaba hacer lo que quería y me daba lo que le pedía. Recuerdo una vez
que le pedí para desayunar arroz blanco con tomate y ni corto ni perezoso allí
me encontré el plato que le pedí cuando me levanté. La máxima ilusión que tenía
en aquella época era ser huésped de la tía María, pero todo tenía un final y
las vueltas a casa, a la rutina diaria eran deprimentes.
La tía María era muy piadosa, era de
misa diaria y tantas veces como bajábamos a la calle, en la escalera siempre
iba detrás nuestro bisibeando rezos y santiguándose continuamente.
Recuerdo una vez que entré sin
llamar a su mini habitación y me llevé una enorme impresión al verla, ella que
siempre iba con su moño recogido, con el pelo suelto, de rodillas delante de
una figura de la Virgen con un camisón blanco y medio en trance rezando
fervorosamente. Cerré la puerta y me quedó esa imagen gravada para toda la
vida.
La tía María especialmente a mí me
quería muchísimo y yo a ella. Cada verano venía a Corbera a pasar unos días con
nosotros y una de las veces me regaló un transistor de la marca Zenith, aquel
aparato me hizo tanta ilusión que no me separaba nunca de él, tenía onda media
y onda corta y lo que más me gustaba era buscar emisoras lejanas que captaba en
francés, en inglés, en árabe, y aunque no entendiera nada me pasaba horas
escuchando imaginando que estaba al otro lado de las ondas.
Como ya he comentado antes, cuando
era ya un poco más mayorcito, corría el año 1976, uno de los huéspedes,
Agustín, con el que hice una gran amistad, era maestro en un colegio de
Viladecans, una vez nos invitó a ver su piso donde iba a vivir con su futura
mujer que según creo recordar también era maestra en el mismo colegio, además
del piso nos abrió las puertas del colegio y nos llevó a dar un paseo por las
diferentes clases, pues bien, nos invitó a la Tía María y a mí a su boda. Esta
se celebraba en su pueblo llamado Frías de Albarracín en la provincia de Teruel.
Recuerdo que en aquella época estaba
en el Top Ten del panorama musical español la canción de Fernando Esteso “La
Ramona” con la que me reía un montón y no me imaginaba que iba a conocer a
personajes como los de la canción en vivo y en directo y que incluso los
superaban.
Pues ni cortos ni perezosos la Tía
María y yo nos pusimos en marcha, por lo que recuerdo debía ser un fin de
semana largo en primavera. Salimos bien tempranito de su casa ya que me quedé a
dormir el día anterior y el viaje nos llevó todo el día, tuvimos que coger un
tren hasta Sant Vicenç de Calders, de allí un autocar hasta Teruel y después
otro hasta Frías de Albarracín. Recuerdo que en el último autocar, el que iba
al pueblo, estaba yo sumido en una película de Paco Martinez Soria, ya que sentado
al lado del conductor, en la tapa del motor, tenía a un abuelo con la boina
encasquetada hasta las cejas, sin dientes y hablando igual que Fernando Esteso,
con su alcayata y todo. Yo pensaba que se exageraba con aquellos pueblerinos,
pero al ver a ese hombre no podía aguantarme la risa cuando no paraba de hablarme
y hacerme preguntas.
Cuando llegamos al pueblo, nos
alojamos en una casa que no recuerdo si eran de los padres de Agustín o de la
mujer, era de varias plantas y abajo en lo que debía haber sido una cuadra
tenían un colmado que vendían de todo. A la Tía María y a mí nos pusieron en
una habitación con unas camas tan altas que casi tenías que escalar para subir
a ellas.
Después me presentaron a los mozos
del pueblo, me quedé pasmado cuando vi que su diversión era soltar un carro por
una cuesta cada vez que venía un coche de algún invitado a la boda.
La gracia que les hacía a los pobres
desgraciados cuando veían bajar el carro a toda pastilla intentando esquivarlo.
No recuerdo que se produjeran daños materiales ni personales.
La boda y el convite fue muy
sencillo pero abundante, pero lo mejor fue el baile posterior en un corral
rodeado de sillas en las que estaban sentados todos los abuelos del pueblo con
la boina y la alcayata, y las abuelas con la pañoleta en la cabeza observando a
los mozos que no se sobrepasaran ni un gramo. Había un tocadiscos en el que
iban poniendo música pachanguera y precisamente el disco de “La Ramona” lo
pusieron varias veces, pensando yo que era lo más adecuado para las
circunstancias que nos rodeaban.
Para mí, con quince años que debía
tener recién cumplidos, todo aquello me venía nuevo, aquellas mozas sacándome a
bailar y animándome a beber vino o cubatas, no recuerdo bien, solo sé que acabé
en la fiesta con una melopea que no me podía ni aguantar. Llegaría a las tantas
a la casa.
Al día siguiente, con todo el
resacón, me quedó grabado de aquella gente, la obsesión que tenían de que
comiera, yo creo que debían haber matado un cordero porque recuerdo bandejas de
carne y más carne y venga a comer insistiéndome y si decía que no podía más parecía
como si se ofendieran.
A la pobre tía Maria la debí dejar
de lado porque casi todo el tiempo lo
pasé con aquellos mozos y mozas con los que lo pasé de maravilla y me cogieron
mucho aprecio. No los volví a ver más. Cuarenta años después, en 2016, fui a
Frías de Albarracín, para ver cómo estaba aquel pueblo, ya no tenía nada que
ver, era un puro ejemplo de la España vaciada. A un lugareño le pregunté por
Agustín, la boda a la que acudió todo el pueblo, pero no recordaba nada, aquel
pueblo ya no tenía vida.
Los últimos años de su vida, la Tía
María los pasó en la Residencia que si no recuerdo mal se llamaba La Milagrosa,
la fui a ver muchas veces y cada vez que iba se emocionaba al verme. Murió en
paz en su cama con mi madre cogiéndole de la mano a la edad de 91 años.
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