EL MISTERIOSO CASO DEL TORNILLO EN LA COCINA (BASADO EN HECHOS REALES)
“Aquellos días de septiembre de 1974 dieron paso a un fenómeno
curioso que nos ha llenado de intriga el resto de nuestras vidas. Fue tan
extraño lo que vivimos que, si alguien me lo contase, no sé si me lo creería”.
Aquel verano del 74 fue especial. A mis 16 años vivía en un mundo un poco atípico. Me acababa de declarar adulto y, de repente, ante mí se abrió un universo diferente.
Había terminado 5º de Bachiller y mi
dispersión hacía que no fuese un estudiante al uso, así que mis padres
decidieron que no continuara estudiando Bachillerato y que fuera a la Escuela
de Aprendices de SEAT para aprender una profesión. Yo acepté sin discusión ya
que visualizaba una serie de ventajas que mi optimista imaginación celebraba.
Algunas de ellas: (1) no tener que examinarme en septiembre de las dos
asignaturas que me habían quedado; (2) dejar el internado; (3) asistir a clase
solo por las mañanas y, en tres años, poder tener un trabajo remunerado para
toda la vida.
En casa somos seis hermanos, yo el
segundo, por lo que siempre he gozado de gran libertad de acción.
Aquel verano hice mi primer viaje
iniciático. Me fui a Selas, un pueblo de Guadalajara donde pasarían unos días
con los “Janos”, nuestros amigos del barrio de la infancia, que veraneaban
allí. Mi padre me acompañó hasta el autobús que salía de la plaza Universidad
dirección Lérida, donde se hacía transbordo.
Era la semana de después de San Juan y
hacía mucho calor. Recuerdo la hora y media en Lérida esperando a que saliese
el autobús a Molina de Aragón buscando una sombra y una fuente para comerme el
bocata como mi primera aventura en solitario. Al llegar a Molina de Aragón,
hice autostop para llegar a Selas, que se encuentra a unos 20 kilómetros. Me recogió
un modernillo de la época que conducía un “Citroën Dyane6”. Imagino que, al
verme tan joven, no pudo evitar darme varios consejos de tontarra para afrontar
la vida y yo aguanté el rollo como el peaje por llevarme. Creo que pensaba que
me había escapado de casa.
A los cinco o seis días de estar en el
pueblo ya disfrutaba de una vida bucólica basada en estar tumbados en la cama,
salir a pegar patadas a las gallinas, tomar quintos en la tienda/bar del
pueblo, ver algún partido del mundial, estirarnos en la era… ¡Ah! Y organizar
una fiesta de disfraces de las que nos acabó echando la Guardia Civil, algo que
rompió la monotonía de aquellos días.
Una tarde recibí una llamada de mi
padre a través de un vecino que era el único que tenía teléfono. Fui a su casa
a esperar que volviese a llamar.
- ¿Qué querría?, me pregunté.
La llamada era para anunciarme que
tenía que volver inmediatamente para realizar las pruebas de ingreso en la
Escuela de Aprendices.
Mi viaje iniciático acabó en el
trayecto de vuelta en un SEAT 850 con un vecino, que casualmente trabajaba en
SEAT, y que regresaba porque había llevado a la familia al pueblo pero ya no le
quedaban vacaciones. Este hombre tenía un hijo con parálisis cerebral y
trabajaba de noche para poder atenderlo durante el día. A pesar de eso se le
veía muy feliz y decía que no cambiaría su vida por nada.
Ese verano aprobé el ingreso en SEAT,
Araceli y yo nos hicimos novios, mis padres me dejaron fumar en su presencia y además,
la muchacha fija que había en casa no volvió de sus vacaciones, me imagino que
harta de nosotros, los tiempos habían cambiado y había trabajos más
interesantes que cuidar niños. Mis padres se consolaron pensando que ganarían
en intimidad y con el optimismo que les caracterizaba afrontarían esa nueva
etapa.
Llegó septiembre, se acabó el verano (bueno,
el veraneo en Corbera) y llegamos a casa de Barcelona. Eran unos días ociosos
en los que esperábamos la vuelta al cole en octubre. Unos se examinaban en
septiembre, otros forraban libros, había nervios, peleas y nunca faltaba el “me
vais a matar a disgustos” de mi madre que sonaba como un mantra.
Ella, al verse sola ante el peligro con
las tareas de casa, de forma provisional contrató (a través de la Tía María) a
la María. María era una mujer mayor, sin dientes, fumadora, bebedora, que sin
pudor contaba que había sido prostituta, que un legionario le había hecho saltar
los dientes de un puñetazo (por eso la apodamos la Legionaria) y que en la
cárcel se fumaba las pajas del colchón, pero que ella siempre era “muy honrada”.
La mujer tenía un aspecto siniestro, como las brujas de los cuentos, pero era
simpatiquísima y nos reíamos mucho con ella por su forma de hablar tan directa
y sus historias tan auténticas. La María llegó a la par que una garrafa de
aceite de pueblo súper fuerte que alguien regaló a mis padres, lo que hizo que
la entrada de casa desprendiera un olor a refrito, mezcla de ácido y amargo, muy
desagradable. Es curioso cómo se asocian los olores a las vivencias.
Pasaron los días y la falta de una muchacha
fija se resolvió dejando a los cuatro pequeños a comer en el colegio. Joaquín y
yo íbamos por libre. La María se despidió y dio paso a otra María que estuvo
ayudando a mi madre un par de días a la semana durante muchísimos años.
En aquella época, la televisión de casa
funcionaba mal. Así que, antes de que se fuera la María, mi madre le preguntó
si sabía de alguien que pudiera arreglarla. Como os podéis imaginar, contestó
que sí, que pronto vendría un técnico. Y así quedó la cosa.
Al cabo de un par de días no apareció
un técnico, aparecieron dos. Yo ya había empezado el curso y, como iba solo por
las mañanas y los de la tele venían por las tardes, estaba con ellos en el
comedor mientras la reparaban.
Aquella pareja era de Puerto Rico o de
Costa Rica. El que ejercía de jefe era Pastor Evangélico, posiblemente el que
convirtió a “Peret”, y el otro, su acompañante, discípulo en la parroquia y en
el trabajo.
Cuando alguien piensa en una reparación
del televisor normalmente lo asocia a un técnico que viene mira el aparato, lo
comprueba, cambia la pieza estropeada, cobra y se va o, si la cosa es grave, se
lo lleva a su taller y lo trae reparado. Bien, aquello era muy diferente. La
pareja llegaba y empezaba el ritual: ponían la tele en la mesita de centro, se
sentaban en el sofá, quitaban la tapa trasera, sacaban una placa con lámparas,
ponían en marcha el televisor, les servíamos el café, le colocaban el
osciloscopio a la tele, se ponían a ver el programa de televisión por detrás de
la televisión e iban haciendo sus comentarios de lo que pasaba en la tele y
aquello se convertía en una tertulia de bar.
Cuando alguien en el programa de
televisión hablaba en sudamericano adivinaban su procedencia por el acento. De
vez en cuando el Pastor me comentaba, con un lenguaje extremadamente técnico,
lo que estaban haciendo. A la hora y media o dos horas, volvían a montar la
tapa trasera de la tele, la ponían en su sitio y se despedían hasta el día
siguiente.
Esto se repitió unos quince días
laborables. Sí, sí, ¡tres semanas! A veces pienso en lo que costaría hoy esa
reparación y alucino. Quince desplazamientos y unas veinticinco horas de mano
de obra hoy en día no serían menos de unos 1.500 € de 2020 (pedazo de tele).
Al tercer día de estar por casa, mi
madre apareció en el comedor con un transistor Zennit, que era un regalo de la
Tía Maria a Toñín y que no funcionaba, les preguntó si lo podían reparar, a lo que
dijeron que sí y lo guardaron en su maleta. A partir de aquel día, cada vez que
mi madre se incorporaba a la tertulia en algún momento, el Pastor aprovechaba para
decirle con cara compungida lo mal que lo estaba pasando con “La Seni”. Mi
madre, pensando que “La Seni” sería una feligresa que no acababa de ir por el
buen camino, le daba ánimos, le invitaba a confiar en la providencia y le
prometía rezar para que todo se solucionase. Me imagino que el pastor alucinaba
ya que “La Seni” era la radio estropeada.
Por fin la televisión fue reparada y
nunca dejó de funcionar. Siempre al irse la dejaban en funcionamiento. Aquella
extraña pareja nos visitó durante tres semanas y todavía no sé qué se le hizo a
la tele pero cobraron muy poco. Tanto es así que mi madre quedó tan contenta
que les invitó a arreglar la cocina. En aquel entonces, el mando del horno no
funcionaba y se tenía que mantener apretado mientras estaba en marcha para que
no se apagara. La solución que teníamos en casa era poner el palo de la escoba
apretando el botón y un peso al final para que no se escurriera. Pero no hubo
suerte en esta ocasión, la pareja contestó que no podía hacer el trabajo porque
ellos solo tocaban temas eléctricos pero se ofrecieron a encontrarnos y mandar a
un técnico que la pudiese arreglar.
El técnico no falló y, a los dos días,
apareció por allí una tarde. En aquella época todo ocurría porque tenía que
ocurrir. No existían los teléfonos móviles, por lo que no había ningún contacto
hasta que el operario se presentaba allí y, solo sabiendo que nos lo enviaba el
Pastor, era garantía suficiente de confianza y honradez y, por supuesto, no
dudábamos de su eficacia.
Le abrimos la puerta mi madre y yo. Era
un tipo neutro, tan absolutamente normal que resulta muy difícil describirlo. Para
mi perdió todo interés cuando dijo que venía a arreglar la cocina y mi madre le
explicó el problema que tenía el horno reproduciendo la avería para que la
conociese.
Mi madre se fue a lo suyo mientras yo
seguía estudiando en el comedor (aunque en realidad estaba viendo una serie que
se llamaba “Historias del año mil”. Solo he encontrado un capítulo en Youtube
en italiano Tre nel mille muy divertida) y, al poco tiempo, empezó una
sinfonía de martillazos a la que siguió un taladro chirriante, más martillazos
y un:
- ¡Señora, esto está listo!
Realizó ante mi madre la prueba de
verificación y ella le pagó sin rechistar. El hombre se fue (seguro que con
propina, ya que mis padres eran de dar propina a todo el mundo).
Al poco mi madre me llamó desde la
cocina y yo me levanté hastiado para ver qué es lo que quería. Ella permanecía
de pie ante la cocina atónita, casi catatónica, mirando la puerta del horno. De
repente, reaccionó volviéndose hacia y me dijo:
- ¿Has visto qué chapuza?
Yo la verdad es que no vi nada raro
hasta que me dijo:
- Pero, ¿es que no ves el tornillo que
ha puesto en medio de la puerta del horno?
Efectivamente, en la parte de chapa que
había debajo del cristal del horno, justo en el centro, había la cabeza de un
tornillo que atravesaba la puerta y que incluso había producido una abolladura
al apretarlo.
Mi madre y yo no nos explicábamos que
relación tenía aquel tornillo con el mando de regulación del gas del horno,
pero allí estaba creando un foco de atención impresionante.
En el suelo estaban las virutas de
acero fruto del taladro y mi madre las dejó en el suelo para que, cuando
llegase mi padre, valorase la chapuza en toda su dimensión.
Aquella tarde el tornillo dio que
hablar ya que todos mis hermanos, cuando venían del cole y lo veían, se
carcajeaban por lo insólito de la reparación.
Por fin llegó mi padre y mi madre fue a
enseñárselo. A esas alturas de la tarde la gravedad de la chapuza había
pasado a ser ya la anécdota jocosa de la que nos cachondeábamos. Mi padre se rio
de lo mal hecho que estaba e intentó pensar, sin llegar a ninguna conclusión,
qué había motivado ese tipo de solución para esta avería. Al final, viendo que
no había solución y que cualquier tipo de reclamación no iba a solucionar el
problema, comentó que al día siguiente buscaría un pincel de retoque con
pintura blanca para pintar la cabeza del tornillo y que quedase disimulado. Mi
madre quedó muy satisfecha con esa solución propuesta por mi padre, recogió las
virutas de hierro y las tiró a la basura.
Fue a la mañana siguiente, mientras mi
padre estaba preparándose el café, cuando de repente entró en “shock”. El
tornillo había desaparecido de la puerta y ésta estaba perfecta, inmaculada,
sin ningún signo de haber sufrido taladro ni abolladura alguna. La primera
reacción de mi padre fue pensar: “esta noche he tenido un sueño hiperreal en el
que mi mujer me enseñaba la puerta del horno de la cocina con un tornillo”. La
segunda reacción fue ir a despertar a mi madre para confirmar que había sido un
sueño.
Cuando mi madre llegó a la cocina, tuvo
una sensación entre sorpresa y alucinación. Mis padres se miraban sin mediar
palabra y, a continuación, empezaron a examinar la puerta del horno sin dar
crédito a lo que había pasado. A medida que se levantaban mis hermanos iban
acreditando que la tarde anterior había un tornillo que atravesaba la puerta,
lo que confirmaba “el misterioso caso del tornillo en la cocina”.
Si a alguien le cuentan una historia
así difícilmente dará crédito pero, si la vives en primera persona, quieres
buscarle una explicación. Piensas que, si has de tener una experiencia
paranormal, por favor, que no sea con una porquería de tornillo.
Pues bien, después de aquel suceso, mis
padres quedaron muy tocados y no dejaban de darle vueltas a la cabeza. Lo
primero que hicieron fue intentar localizar al operario pero lo único que
sabían es que era una persona a la que había mandado el Pastor. Así que
intentaron buscar al Pastor pero de él tampoco tenían ninguna información, ni
teléfono ni dirección. Por no saber no sabían ni siquiera el nombre ya que mi
familia es tan dada a poner motes que no teníamos ni idea de cómo se llamaba.
Así que la línea de investigación se dirigió a contactar con la Tía María para
que localizara a “la Legionaria”, mote de la María que nos envió al Pastor.
Pero todo esfuerzo fue inútil. A la tal
Maria se la había tragado la tierra. Incluso los de la tienda que se la recomendaron
a la Tía Maria negaban haber recomendado a nadie y decían no conocer a una
mujer de esas características.
Ante aquellas noticias mis padres
quedaron muy afectados, el no poderse explicar aquel hecho les tuvo
obsesionados mucho tiempo. Incluso mi padre fue un día por la zona calle de la Cera buscando una comunidad
evangelista o protestante. Todas estaban regidas por gente de etnia gitana y
aseguraban no conocer a ningún Pastor como el que mi padre describía.
Los chavales, la verdad, no dábamos mucha
importancia a lo ocurrido y ha sido con la perspectiva del tiempo que hemos
sido conscientes de lo extraño del fenómeno.
Mis padres un día decidieron pasar
página y no volver a hablar del tema y así toda aquella historia pasó a ser una
anécdota que contamos de vez en cuando en alguna reunión para asombro de los
tertulianos y que ahora dejo por escrito para que se recuerde por lo que tiene
de curioso.
EPÍLOGO
Después de darle muchas vueltas y
reflexionar lo que pasó, he llegado a unas conclusiones que podrían dar continuidad
a la historia:
Maria la “Legionaria” fue nuestra “Mary
Popins” una mujer que apareció y desapareció de nuestras vidas y creó un punto
de inflexión. Maria era un personaje siniestro, si a eso se le suma que
nosotros éramos unos niños muy crueles,
me lleva a la conclusión que aquella mujer tenía una inteligencia emocional muy
grande ya que supo gestionar perfectamente la situación. Siempre la recordaré
como una persona que producía rechazo y atracción, que en el poco tiempo que
estuvo con nosotros dejo huella y me di cuenta que al lado nuestro hay gente como
la Maria que sobrevive en un mundo muy hostil y a pesar de eso son capaces de
transmitir optimismo y alegría.
El Pastor y su discípulo. Aquella extraña
pareja que tarde tras tarde aparecían por casa a mirar la tele por detrás me ha dado que
pensar, ¿serian en realidad espías del gobierno Cubano o Americano?, nuestras
vecinas “las cubanitas”, eran dos señoras con las que compartíamos rellano, pertenecían
a esas familias de clase media alta en su país y que escaparon de las garras de
Fidel Castro. A lo mejor se llevaron consigo secretos de estado o de ubicación
de grandes tesoros, por lo que no me sorprendería en absoluto que alguien
quisiera saber dónde enterraron todo lo que tenían cuando huyeron a España solo
con lo puesto, o a lo mejor diseñaban planes de huida de los cubanos a Miami o conspiraban
para derrocar a Fidel...
Por ultimo aquel misterioso operario
que chapuceo la cocina, dejando el mayor misterio sin resolver y que estuvo a
punto de volver locos a mis padres. Estoy seguro que lo que vimos como un
tornillo era un objeto de tecnología desconocida que contenía alguna
documentación, sobre algún complot o arma secreta y nuestra casa fue el lugar
que se utilizó para realizar el intercambio con alguien de otra dimensión…
Aquí lo dejo. Como veis da para un
libro o película, animaros. Por cierto acordaros de poner, “Basado en un hecho
real”.
Juanjo Septiembre 2020

Ésta es una de mis historias familiares preferidas!! :-)
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