SANT FELIU DE CODINES (VERANO DE 1967)
EL AÑO DEL VILLAR
Recuerdos del año que veraneamos en el Villar,1967
El mas o antigua fortaleza del Villar del municipio Sant Feliu de Codines (Barcelona), se encuentra en la comarca del Valles Oriental entre Caldes de Montbui i Castellterçol, cerca del límite con el término de Bigas. Destaca desde muy lejos la torre redonda medieval, que algunos estiman del siglo XII, y otros, como la Enciclopedia Catalana, probablemente del siglo XIV. El actual edificio es una gran casa con ventanales góticos, ampliado en 1648 y durante la época modernista. Está en un hondonada, en la cabecera del arroyo del Villar, afluente derecho del río Tenes. El lugar es frondoso y rico de agua y el mas ya existía en el año 1007. La casa ha estado siempre en manos de la misma familia, a pesar del cambio de apellidos propiciado por la sucesión en algún momento de los herederos, lo que conllevará la entrada del apellido Montagut, en detrimento de los Villar o Desvillar, hasta llegar a la actual propietaria de la saga: Nualart.
Me atendía con extrema cordialidad, primero, una de las hijas y, posteriormente, tenía ocasión de hacer una larga charla con el padre, el Sr. José Sopena Gusi, que me contaba algunos hechos de la historia particular de la familia: la unión matrimonial entre una doncella de esta familia y el heredero del castlà [*] del Castillo de Montbui ... La entrada de los Montagut, originarios de las tierras de Girona, vendrá a potenciar más aún la importancia del Mas y sus pertenencias.
El Encuentro
En aquella época, Papá tenia un 850 rojo de dos puertas y nosotros éramos cinco hermanos… El viaje a Sant Feliu, hoy un paseo, entonces duraba casi dos horas: las malas carreteras, los cruces sin semáforo y las caravanas tenían parte de culpa.
Nosotros, encima, no parábamos de pelearnos, con lo que los viajes eran un auténtico infierno.
A partir de Caldas de Monbuí, empezábamos ya a sentir que llegábamos y, cuando aparecía el letrero de Sant Feliu de Codinas y girábamos a la derecha hacia Riells del Fai, ya nos sentíamos en casa.
La primera vez, cuando Papá giró a la izquierda por aquel cuidado camino de tierra y dijo que ya estábamos, nos quedamos un poco parados por no ver nada, fue después de recorrer uno o dos kilómetros cuando apareció una era con un pajar y un caballo percherón en la puerta y, finalmente, un poquito más abajo, la casa.
La casa era gigantesca (por lo menos eso es lo que me pareció), rodeada por un muro con una gran puerta de madera que daba acceso al patio. A ese patio daba la puerta de la casa que ya era de tamaño normal, al menos eso creo recordar. En el patio, entrando a la izquierda, tocando el muro, había una piscina que, en realidad, era una balsa de riego por la que corrían el agua y los renacuajos, así que no teníamos que comprobar el ph ni el cloro. Al patio daba también la casa de los “masovers”, la familia que cuidaba y explotaba la finca. Eran simpatiquísimos y los queríamos mucho, sobre todo a su hijo Joan, que era de nuestra edad y era un pozo de conocimiento de la zona y sus bichos.
Cuando entrábamos en la masía teníamos, a la izquierda, la escalera que subía al piso de arriba. Abajo, había un gran salón comedor con chimenea, al que normalmente sólo entrábamos para comer, y la cocina, en la que estaba bien delimitado el armario de los Riera, del que estábamos advertidos que no podíamos coger nada. El salón daba a la parte de atrás con un pequeño jardín en el que estaba la torre, a la que se podía entrar para ver que estaba totalmente derruida por dentro y no se podía subir.
El piso de arriba era muy grande, al final de la escalera había un enorme salón con una mesa y, en el rincón, un piano. A este salón daba una serie de estancias. También tenía una especie de saliente, una especie de galería que nos imaginamos que, en su día, sería el urinario que descargaría en medio del camino.
Las habitaciones que daban al lado de la escalera de entrada estaban un poco más altas y se accedía a ellas por unos escalones que daban paso a una especie de suites. A estas habitaciones no teníamos acceso porque eran las de los Riera y los Gimeno. En la parte de enfrente de la entrada al salón, a la izquierda, estaba nuestro cuarto. Creo recordar que tenía tres camas individuales y una de matrimonio. Lo mejor es que daba a una especie de galería con salida a la piscina y esas paredes tenían unos contramuros que nos permitían entrar y salir de la habitación sin tener que utilizar el camino convencional.
Papá y Mamá estaban en la
habitación que se encontraba en la entrada al salón, en la esquina derecha
desde enfrente de la puerta. En su dormitorio había un ratón que aparecía
cuando no estaba mi padre durante los días de verano que trabajaba entre
semana. Como el ratón sólo lo veía Mamá, y cuando ocurría, pegaba terribles
gritos, nosotros nos consolábamos pensando que Mamá estaba loca.
Pegado al edificio, formando parte del mismo, estaba
la casa de los “masovers”. Sólo recuerdo un comedor-cocina con una chimenea con
el fuego encendido y una olla colgando encima.
También, a modo de adorno, tenían una abuela auténtica, toda de negro, arrugada, risueña y con cara de buena persona. Cada día robaba algún huevo a su familia y lo dejaba en nuestra cocina.
En la puerta tenían un lavadero, y al lado de este, la entrada a la cuadra, que era muy grande y cobijaba a unas diez vacas. Una vez intenté ordeñarlas pero aquellas ubres blandas, calentorras, el olor y las moscas me hicieron desistir del intento.
¡Ah! ¡Se me olvidaba! El garaje, con la habitación
del chófer, estaba abajo, y prácticamente a nuestra disposición. Esta
habitación la utilizaban los novios de las chicas de servicio cuando venían
algún fin de semana y también aquellas visitas inesperadas o no deseadas.
1.- Entrada principal
2.- Patio entrada
3.- Piscina
4.- Casa Principal
5.- Casa de la Sra. Juanita y el Sr. Francisco
6.- Cuadra y corral
7.- Jardín del comedor y torre
8.- Era y pajar
9.- Camino de entrada
10.- Árbol del búho
11.- Campo que destrozamos (bancales)
“Pá habernos matao” - La
primera bronca
Nuestro primer amigo cuando llegamos allí fue el Joan. Lo primero que hizo fue enseñarnos a hacer el “Tarzán” y, para ello, nos subíamos a la tapia que rodeaba la casa, a través de un árbol. Cuando estabas de pie encima del muro, se podía alcanzar la rama de un gran plátano que había al otro lado y, como si fuese una liana, te tirabas.
Aquel inocente juego se convirtió en la primera diversión y, cuando le perdimos el miedo, empezamos a buscar más factores de riesgo para incrementar el aliciente. Acabamos peleándonos en el muro y el que perdía el equilibrio y caía se agarraba a la liana, hasta que una vez solté la rama antes de tiempo le di a Joaquín en el ojo, perdió el equilibrio y, suerte que se agarró a la rama, que si no seguro que se hubiera hecho bastante daño. Sólo quedó de recuerdo su ojo morado y un puñetazo en mi espalda.
Supongo que esa rama la cortarían para que no hiciésemos más el gamberro, pero la verdad es que no recuerdo que volviésemos a hacer más el Tarzán.
Nuestra ocupación principal era descubrir cosas nuevas y, entre ellas, conocer los límites de la finca. Así que un día empezamos a investigar la parte de abajo, siguiendo el camino que bajaba por los bancales sembrados de alfalfa (que supongo que era el forraje para las vacas). Como íbamos siempre haciendo el tonto, nos caímos en el sembrado de unos sesenta centímetros de altura y vimos que no sólo no nos hacíamos daño si no que era un gustazo ver como te amortiguaba la caída. Así que empezamos a hacer ver quién hacia mejor el muerto y destrozamos el sembrado.
Alrededores de la masíaSupongo que el Sr. Francisco se lo diría a mi padre
y él nos abroncó. Lo peor es que nos hizo ir a pedir perdón y Joaquín me hizo
dar la cara a mí. ¡Qué vergüenza y qué pena! ya que según mi padre las vacas no
tendrían qué comer en invierno y yo pensaba: “que les den pan duro”. En
aquellos tiempos era la solución a la miseria.
La Colección de Culebras
Por donde estaba la era y el pajar había una balsa redonda muy rica en fauna de charca. Allí empezamos pescando renacuajos, después pasamos a la rana y cuando Joaquín descubrió que había culebras, eso ya se convirtió en obsesión para él. Sólo se centró en las serpientes de agua. Con un cazamariposas, no sé cómo se las apañaba para pescar las culebras, pero al poco tiempo tenía la habitación del chófer llena de botellas con serpientes. Pescábamos culebras de agua y las teníamos en botellas.
Alguien, a quien no le gustaban las serpientes, obligó a Joaquín a deshacerse de ellas. Como os podéis imaginar, acabaron las culebras en la piscina, los niños llorando y las señoras cabreadas.
La tía Tere toca el Piano
La tía Tere tocaba el piano y Viki y yo cantábamos “Mi abuelito tenia un reloj de pared …” y “Pimpón es un muñeco de trapo y de cartón…” Cuando estaba la tía Tere en casa, cocinaba y nos contaba cuentos. Bueno, a mí no, yo ya era mayor, pero escuchaba cómo se los contaba a los pequeños.
Cuando los abuelitos vinieron por allí, la única excursión que recuerdo con el Tito fue a buscar caracoles. Creo que, entre que nosotros íbamos al cole y todos estábamos muy entretenidos aquel verano, no hubo excursiones.
El Tito aquel verano se incorporaba al Gobierno Militar de Gran Canaria como Gobernador militar y habían venido a Barcelona a supervisar la mudanza que partía desde el puerto de Barcelona y de paso estuvieron unos días con nosotros. La verdad es que estaban nerviosos y tristes por la partida ya que las comunicaciones con Canarias eran caras y escasas, nunca los fuimos a ver. Lo que si subieron de calidad eran los regalos que nos enviaban entre ellos las linternas de la tía Tere.
Los coches del
“Persil”
En los tambores de jabón salían unos cochecitos que eran como los de Match Box pero de plástico. Me encantaban y me molestaba mucho que se los diesen a los pequeños que no sabían apreciarlos, por eso, yo, a escondidas, revolvía en el bote de jabón hasta que lo encontraba. Recuerdo el Jaguar E como una joya tenia todos los detalles y un olor a jabón que enamoraba.
La verdad es que a todos los hermanos nos apasionaban los coches. Un buen día vimos que en la carretera que iba de Riells a Sant Feliu, en todas las curvas, ponían balas de paja. Pronto descubrimos que iban hacer una carrera de subida en cuesta cronometrada.
Por la noche, Papá nos llevaba a Sant Feliu para no sé qué y, como nosotros sólo hablábamos de coches de carreras, él empezó a acelerar y derrapar en las curvas (me imagino que usando marchas cortas) y, así, daba la sensación de que circulábamos en un auténtico bólido.
Al día siguiente, oímos el ruido ronco de coches y motos entrenando en la carretera. Joaquín y yo salimos disparados hasta la allí y ya nadie nos pudo mover de aquel lugar en los dos días que duró la carrera. Aprendimos que aquel peculiar olor dulce que desprendían las motos era una mezcla de aceite de ricino. A partir de aquel momento supe que las motos me apasionaban. Ver cómo tomaban las curvas inclinadas, rozando con las estriberas, sacando chispas, el ruido, el humo y el olor me cautivó para siempre..
Con el tiempo, supe que uno de los “héroes” en coches fue “Juan Fernández de Sabadell”, mítico piloto y campeón de infinitas subidas en cuesta. Otro fue el motorista Eduardo Carol, al que, por casualidad, conocí años después en las 24 horas de Montjuïc, donde corría. Estuve en su box y nos dejó ver la carrera desde dentro porque el hermano de mi amigo Badosa trabajaba con él.
El Cole de verano
En aquella época, no éramos todavía muy calabaceros pero, como estábamos todo el día molestando a los pequeños o haciendo alguna e las nuestras, la mejor solución era enviarnos al cole. Había en aquella época en Sant Feliu una academia, con su señorita, tipo Ofelia de Mortadelo y Filemón, y el que yo creo que era su hijo, que hacia funciones de vigilante. Era un tío vago integral, cazaba moscas y nos las estrellaba contra la mesa y, antes de que pudiesen remontar el vuelo, las aplastaba con una regla. Este “elemento” estaba a cargo de una tropa variopinta que dedicábamos el verano a repasar o preparar los exámenes de septiembre. Allí nos ponía deberes, que a mí se me eternizaban en la mesa, yo me distraía con cualquier cosa y era incapaz de acabar, aunque me dijesen que si acababas antes te podías ir. Por eso, cuando yo salía del cole, el Joan y Joaquín llevaban un rato gamberreando por la calle.
Por la mañana, para ir al cole, nos llevaban en el dos caballos, la furgoneta del Sr. Francisco, que olía igual que la cuadra. Nos sentábamos en las lecheras y podíamos elegir o que la barra de cierre nos chafase los cachetes del culo o ponérnosla por la raja. Las dos formas eran incomodísimas, si bien la última, con el tiempo, me he dado cuenta de que es lo más parecido al sillín de la Gary Fisher.
Cuando llegábamos al pueblo, siempre nos tocaba
repartir unas cuantas lecheras con el Joan, cosa que hacíamos muy a gusto.
Pasábamos por la puerta de una casa por la que siempre alguien decía: “Es la casa de López Rodó”, que era un
ministro y entonces no sabíamos si hacer una reverencia o persignarnos.
Al salir al medio día, volvíamos a la carrera, ya que así nos daba tiempo a bañarnos en la piscina.
Los pequeños marcaban en ritmo y la atención de los mayores, eso nos permitía a Joaquín y a mí ser más libres.
A la llegada a la piscina, siempre nos encontrábamos el mismo ritual: Ramón y la Viki hacían la función. Mientras, el resto, coreaban la siguiente canción:
“Por la orillita va la patita,
Le sigue el pato
con ilusión,
Los dos juntitos
Se echan al agua,
Y van cantando esta
canción:
cuaracuacuacua,
cuaracuacuacua…”
Mientras tanto, Toñín se bañaba en el lavadero, que estaba en la otra punta, con un montón de flotadores. Nosotros íbamos allí a reírnos de él mientras le cantábamos a coro: “cobarde gallina capitán de la sardina…” Y eso le hacía feliz a “Pelola”. Un día, al llegar para reírnos de él, nos lo encontramos boca abajo y se estaba ahogando, desde entonces, se bañó en la piscina como el resto, eso sí, con sus siete flotadores.
Después de comer, íbamos andando al cole campo a través, lo que era durísimo por el calor y el sol. Cuando llegábamos al pueblo, éste estaba desierto y no se oía un alma. Un día nos encontramos una escoba tirada y la tiramos dentro de una casa por la ventana. Salimos disparados hacia el colegio donde nos refugiamos sabiendo que, en cualquier momento, nos llamarían al orden, pero aquella tarde no pasó nada. Al día siguiente, cuando pasamos por delante de la casa con disimulo, salieron a nuestro encuentro y nos llevaron al colegio para contactar con nuestros padres. Supongo que nos castigaron, pero ya estábamos acostumbrados.
La vuelta del cole, por la tarde, era lo más divertido. Muchos días íbamos a ver a unas tías del Joan que hacían jerséis en su casa y nos dejaban tricotar con las máquinas. Después, nos cruzábamos el pueblo por las alcantarillas, íbamos corriendo y yo intentaba no quedarme muy atrás y perderme, generábamos a tope de adrenalina.
Como conclusión, lo del cole nos fastidió bastante el verano. Alguna vez Mamá se apiadaba de nosotros y nos dejaba no ir alguna tarde, como os podéis imaginar, no aprendí nada… entre las cuatro paredes de clase.
Carreras en la Piscina
De las fiestas del pueblo, sólo recuerdo nuestra participación en las competiciones de natación. Como habíamos estado todo el verano entrenando en nuestra piscina, yo estaba convencido de que iba a triunfar… Aquel día, que sería un domingo, fuimos con Papá a la piscina del pueblo y, cuando la vi, me di cuenta que era por lo menos cinco veces la nuestra.
Joaquín nadó en el grupo anterior al mío y, como era
natural, lo hizo muy bien. Cuando me tocó a mí, me concentré en el bordillo,
sonó el pistoletazo de salida y me tiré de cabeza. Cuando saqué de nuevo la
cabeza del agua, empecé a mover los brazos a molinillo, aquella velocidad que
imprimían mis brazadas sólo me podían llevar a la victoria. Así, cuándo estaba
a punto de la extenuación, saqué la cabeza para ver lo que me faltaba y vi que
prácticamente no me había movido del sitio, desde allí al final se me hizo
eterno, pero conseguí la medalla de participación que, con orgullo, guardé
muchos años.
Caballete Pelete, el Kuki y Cain.
En la era había un caballo y alguien que lo cuidaba. A ninguno de los dos les debía gustar los niños porque nunca nos dirigieron la palabra, y eso que éramos de fácil conversación.
En esta foto aparecen de la familia Toñín, Nanu Viki, Ramón y Jose. Los otros dos niños son la Rosa Marí y el Yoyito, eran vecinos nuestros del replano en Barcelona
Los pequeños, una de las diversiones que tenían, era
ir a la era y cantarle al caballo “caballete pelete, caballete pelete”… Y, al
menor movimiento de éste, bajaban corriendo la cuesta hacia la casa.
Los mayores entrábamos en esa especie de cuadra que había en la era (que era un almacén de patatas), buscábamos una podrida y la íbamos a llevar a la despensa de los Riera porque la Sra. Riera era tan estirada que le teníamos manía.
Caín y Kuki eran los perros. Caín era de color canela, grande y fuerte, hoy hubiéramos dicho que era un “golden stanfor” pero en aquella época los perros sólo tenían dos razas: Rintintín (pastor alemán) y el resto (patané). El resto también se distinguía por el color… Caín = Patané canela y el Kuki = Patané blanco y negro.
Caín era un perro bueno, obediente y noble, buen compañero de aventuras. El Kuki era un hijo de puta traidorcillo del que tenías que andarte con ojo porque si te descuidabas se te comía el bocadillo. Lo peor fue un día de lluvia que, no sabíamos dónde se metió, que apestaba. Desde entonces, ese olor a perro mojado, se a conocido en mi familia como olor a Kuki.
Belphegor, el fantasma del Louvre
Belphegor
Por París comienza a
circular un rumor: un fantasma se dedica a recorrer los pasillos del famoso
museo del Louvre.
Un guardián, al que le gusta empinar el codo, lo ve por la noche e incluso le
dispara. Nadie le cree, pero su jefe decide, él solo y sin compañía, quedarse
por la noche por si acaso. Al día siguiente aparece muerto, asesinado. La
policía toma para sí el asunto.
André Bellagarde, una joven estudiante muy bonita, decide también investigar
por su cuenta, comenzando a tener aventuras y desventuras que pondrán en
peligro su vida y la de otros personajes.
Ésta
es la sinopsis de la serie que daban por aquella época en la tele, con este
personaje terrorífico del que todo el mundo hablaba, sobre todo la Pilar hermana
de Joan, que se había disfrazado de Belphegor con la ropa negra de su abuela y
una caja de galletas en la cabeza para ganar la altura del fantasma. Con
semejante historia y aquella impresionante casa el ir a mear de noche era
terrorífico, pero aún más la excursión secreta nocturna que me propuso Joaquín
para ver el Búho.
La tía Tere siempre nos regalaba linternas, unas que cambiaban de color y en la parte de atrás tenían una luz roja intermitente. Y Joaquín con linterna se crecía mucho, aunque a veces era más “cagao” que yo.
Pues bien, cuando los pequeños estaban durmiendo y ya no se oía un alma, Joaquín me despertó y salimos por la galería para bajar por el contrafuerte. Allí tiramos hacia la era, donde oíamos ulular al búho, pero eran tantos los ruidos extraños y las sombras raras que se producían con las linternas, que la aventura duró muy poquito. De repente, sin intercambiar palabras, nos dimos la vuelta y para casa. Como era de esperar, Joaquín me cerró la ventana y me tuvo dos o tres interminables minutos hasta que me dejó entrar y nos pusimos a dormir.
Eso
sí, recuerdo que un día, en una excursión de noche con los mayores, sí que
llegamos a ver el búho.
Yo no me como el pollo
Un día, cuando volvíamos del Villar, recuerdo que
paramos en un pueblo y de allí salimos con un paquete de “carquiñolis” y dos
pollitos. Esos pollos fueron la diversión de unos niños ávidos de mascotas.
Papá y Mamá estaban convencidos de que aquellos bichos que sólo comían sopas de
leche pronto se irían para el otro barrio, pero no fue así. Los pollos, con
nombre y apellidos, empezaron a crecer a toda velocidad y, al cabo de un mes
calculo yo, nuestra casa era un auténtico corral con aquellos pollos volando
por todas las habitaciones y cagándose en cualquier sitio.
Así que, un fin de semana, los subimos al Villar,
donde les habíamos prometido un nuevo hogar y no nos dio nada de pena el
dejarlos allí en aquella casa de adopción que fue el gallinero de la Sra.
Juanita.
Allí crecieron y se hicieron pollos de bien, aunque
más que “de bien” yo diría que “de buen” … de buen tamaño que tenían los
cabrones, y es que cuando íbamos a visitarlos cada vez estaban más grandes.
Un buen día, no pude no enterarme de que el día
final se había dictado para nuestros amiguitos. Así quedó la cosa: un pollo
para los Bofill como legítimos dueños y el otro para los cuidadores en pago por
la manutención.
A mí desde entonces no me ha gustado el pollo y
estoy en contra de la pena de muerte.
Los visitantes:
El tío Ramón
El tío Ramón un día apareció por allí, en aquella época era un soltero
de oro, era radiotelegrafista de un petrolero y viajaba por todo el mundo. Con
los chavales era súper enrollado y hablaba arrastrando las erres, lo que nos
hacia mucha gracia. Lo más importante es que era un héroe, ya que una vez que
se les incendió el petrolero se quedó con el capitán en un bote salvavidas para
no perder el barco por abandono en alta mar.
De su estancia, recuerdo que apareció con un proyector de diapositivas, que eran todas preciosas, excepto la de una negra que era fea como un mono, a pesar de que el tío Ramón la presentó como una belleza local.
Además del proyector, trajo un magnetófono y mamá y la tía Mª Victoria
cantaban jotas mientras nosotros nos reíamos de su voz tan cursi.
El Pepe de la Anita
El Pepe “de la Anita” era “de la Anita” porque era su novio. Delgado,
alto y risueño, vivía acojonadillo por mi padre, que continuamente le recordaba
que respetase a la Anita, que para nosotros era como una Hermana y, para mis
padres, como una hija. Recuerdo que vino una vez en otoño y que fue a buscar
setas, que nos comimos (bueno, se las comieron los mayores) con bastante
precaución, ya que tenían sus dudas sobre la bondad de estas.
El Tío Carlos
Era tío de Jose y Viki. Tenía cara de caballo y gafas de culo de
botella. Se parecía a la caricatura de Luis Morris un actor de la época).
Con los chavales, se llevaba bien, sobre todo conmigo, ya que tenía
una bota de vino que siempre me ofrecía y se bañaba en la piscina a las tantas
de la noche, cosa que le recriminaba el resto.
No debía ser buen estudiante, ya que era normalmente el ejemplo de lo
que no debíamos hacer.
El tío Carlos disfrazado de Cantiflas
El padre del tío Pío
No sé por qué recuerdo al padre del tío Pío, y lo recuerdo encendiendo
la chimenea. Era como un mini yo del tío Pio. Los Píos venían mucho por allí lo
que no recuerdo en dónde se instalaban, claro que el Villar era muy grande...
La tía Tini, entre las muchas virtudes que tenía, era una excelente
cocinera y todo lo que nos hacía era delicioso.
Lo bueno se acaba
Lo último que recuerdo de las vacaciones es un día
que acompañamos al Sr. Francisco a montar la vaca. Así nos pusimos en camino el
Sr. Francisco, el Joan, Joaquín, yo y, por supuesto, la vaca.
Bien, el toro parecía bastante remolón, pero al final accedió a poner las patas delanteras sobre la vaca. Entre todos le ayudaban para que no cayera, metió lo suyo en la vaca y se hizo un silencio que al poco se rompió con un “ya está, ya está” … Y yo, sin entender nada, vi a todos como tenían una sonrisilla sarcástica.
El Sr. Francisco echó mano al bolsillo, sacó dinero, se lo dio al que parecía jefe con un apretón de mano y así nos dimos media vuelta y para casa.
Cuando lo contamos a Papá y Mamá, se quedaron de piedra y sólo comentaron “vaya forma de perder la inocencia”, frase que tardé años en entender.
Bien, después de tanta cosa buena en el Villar me imagino que me quedé como la vaca: “jodido”.
La última vez que estuve en el Villar fue en el año 1980, antes de casarme con Araceli, cuando la llevé allí porque es un sitio del que guardo grandes recuerdos.
FIN












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