EL MONTSENY, AVENTURA ASEGURADA

 

“No sé qué daría por tener entres mis manos aquel plano del Montseny de la editorial alpina que de tanto usar se fue despedazando y Joaquín lo reforzó por detrás con cinta de manillar de bicicleta que era como esparadrapo de color rojo, aquella cinta le daba una rigidez y personalidad impresionante. Aquel plano fue la puerta de muchas aventuras”.



EL MONTSENY, AVENTURA ASEGURADA

Aunque nacimos en el barrio de “Viviendas de SEAT” pronto nos trasladamos a las “Vivienda de la Elizalde”. Pasamos de una fábrica de coches a una de aviones, íbamos prosperando. En realidad, aquel conjunto de bloques nuevos súper modernos eran conocidos como los bloques de la caja de Barcelona, promotora y arrendadora de aquellos pisos. Para poder ser inquilino debías estar abalado por dos de estos supuestos: por un militar de rango (coronel para arriba), un clérigo de rango (obispo para arriba) o un miembro de la cúpula del sindicato Vertical, que seguro que sería falangista o del opus (o las dos cosas a la vez). Más o menos era como hoy en día, que para acceder a un piso de protección oficial tienes más oportunidades si estás afiliado al partido político o sindicato oportuno y conoces a algún pez gordo de la banca o grupo de poder, o sea, un mafioso.

                        Las viviendas de la Elizalde en la época en que aterrizamos por allí  

En 1964 mis padres con cuatro niños de 1, 3, 6 y 7 años de edad llegamos a aquel mundo nuevo. Joaquín y yo fuimos a una academia al lado de casa. Allí el Jony y el Tomy, dos hermanos sudamericanos, se encargaron de decirnos quienes eran los Reyes Magos, con lo que perdimos la inocencia. A mis padres les sentó muy mal aquello e intentaron acelerar nuestra entrada en los Claretianos. Nos matricularon en el Colegio Corazón de María ahora llamado Claret. Allí también tuvieron que emplear sus influencias para que nos admitieran. Papá argumentó, como garantía para nuestra aceptación, la historia del milagro que el Padre Claret hizo en la masía de “El Noguer” de los Bofill en Viladrau. El Padre Antonio María, entonces alojado allí, consiguió apagar el fuego de la masía, mediante su bendición, un día que la casa estaba en llamas y todos la daban por pérdida.

Como os podéis imaginar, este milagro a él le valió la santificación y a nosotros el aval para entrar al colegio. Nunca fui feliz en aquel centro, sobre todo al empezar el Bachillerato. Algunos de los profesores tenían la mano muy larga y los castigos físicos y psíquicos estaban a la orden del día. Los peores sádicos torturadores de niños eran el profesor Prats de francés y el Padre Ferrer, con su jersey de cuello alto azul celeste, que iba coqueteando con las madres de los niños y pegándonos cruelmente por detrás. Era un ser repugnante al que el Quique atendió con cariño en su vejez en una residencia de ancianos. Un día Toñín, aprovechando la invitación de su hermano para saludar a aquellos curas que en su día fueron nuestros docentes (el padre Pujol, el padre Borrell), fue a ver al padre Farré postrado en el lecho y le recordó los castigos físicos que nos propinaba. Con lágrimas en los ojos se le abrazó llorando y le pidió perdón…. Ironías del destino.


                                                        El padre Farré en todo su apogeo

Una vez asentados en el nuevo barrio, para que los sábados por la tarde estuviésemos entretenidos, a Joaquín y Juanjo (los dos mayores) los inscribieron a los Boy Scouts de la parroquia: el “Agrupament escolta Saint Exúpery” o, para resumir, “el Cau”. Era un punto de encuentro fantástico para los chavales. Tres horas que nos pasábamos jugando, cantando, pintando, haciendo trabajos manuales y escuchando historias del bosque y de cómo sobrevivir en la selva. Pero, lo mejor de todo era el disfraz, un traje paramilitar consistente en pantalón corto de pana, camisa gris tipo militar con el escudo de Barcelona y AE Saint Exúpery bordado, un foulard al cuello de color amarillo con el borde de tela escocesa y el remate eran la boina azul y las chirucas. Joaquín, como era “Ranger”, podía llevar machete, lo que le daba mucha presencia. Vestirme así me hacia el niño más feliz del mundo. Lo normal era hacer excursiones de un día: madrugón, tren hasta el sitio, caminata, comida, caminata, tren y a casa. De los Boy Scouts, recuerdo a Santiago Del Rey, hijo del Dr. Del Rey, padre de familia numerosa tres niñas y un hermano. Vivía en la calle Rosellón en un piso que la portería siempre olía a col y que él atribuía a que la portera era gallega. Recuerdo también al Ramiro, huérfano de padre, pero que lo llevaba bien y que presentaré más adelante, el Paradela, que tenía una hermana de las Dainas (que me parecía un bombón) y uno que se llamaba Pérez o García, que su padre era dibujante y, cuando iba a su casa, alucinaba en su estudio y ya me parecía una buena opción de futuro esa profesión, teniendo en cuenta que en las películas y series americanas había muchos protagonistas que eran dibujantes publicitarios (ej. Larry de Embrujada). Que fácil era ser feliz. Pero, por si esto fuera poco, llegaba Semana Santa e íbamos a hacer una excursión de cuatro días. Destino, Cervelló, pero como si me hubieran dicho la India. Dormir fuera de casa en una tienda de campaña me impresionaba.

Todo el material de montaña en aquella época tenía unos precios desorbitados y reconozco el esfuerzo que hicieron mis padres para comprarnos las mochilas y el resto de equipo. Como el saco de dormir era carísimo, mi madre, que era muy ingeniosa y manitas, se fue a una tienda de tejidos y compró tela de nylon con guata, de la que se usaba para hacer batas de invierno para estar por casa, y con eso nos hizo unos sacos azules chulísimos.

Por fin llego el día de la excursión. Con la ilusión que me caracterizaba allí estaba yo dispuesto a darlo todo. Llegamos cerca de la ermita de Santa María de Cervelló (el sitio era lo que ahora es Can Sala de Baix), allí nos pasamos el día jugando y montando las tiendas para la noche. Por la noche, cenamos y después hicimos fuego de campamento. Los mayores fuimos a recorrer el monte haciendo un juego de pistas, no encontrábamos la hora de ir a dormir, pero llegó el momento y nos acostamos. Hablando y hablando nos quedamos dormidos tan profundamente que nos vinieron a despertar. Lo primero que me vino a la cabeza fue pensar en lo sudado que estaba, después me pregunté si a lo mejor me había meado y después me di cuenta que estábamos acostados en un charco. Tienda a tienda nos iban desalojando bajo una lluvia torrencial y llevando a una nave o pajar muy grande sin puerta donde nos refugiábamos. Los monitores Kela*, Baguera* y un tal Juanjo (que era Canario) junto con los más mayores, iban apareciendo con nuestra mochilas y los sacos que poníamos a secar en un tendal dentro del pajar. Mientras tanto, en un rincón había una gran olla donde cocinaban “cigrons amb cansalada” (garbanzos con panceta). Siempre recordaré ese almuerzo tan reconfortante y exquisito. Tanto es así que cuando preparo el tradicional desayuno del día de Reyes siempre incluyo “cigrons amb cansalada”. Al final de la mañana aparecieron mis padres, vinieron a buscarnos. Era tan mala la previsión para los próximos días y tan escasa la posibilidad de que se secase el saco de dormir que decidieron avisar a las familias para que nos viniesen a recoger.

Por supuesto que hubo más excursiones y más noches de acampada, muchos viajes en tren y en el Segalés y aprendimos a ser autónomos, a no depender de los otros, etc. hasta  que al cura del Corpus Christi, que era como se llamaba la parroquia, se cansó de adoctrinar a aquellos locos bajitos y echó a los Boy Scouts de su local. También influyó el que en una excursión a Moyà, cuando ya volvíamos, empezó a llover. Para refugiarnos, nos guarecimos en una casa de veraneo en la que no había nadie. Al principio, estábamos en el porche pero después, a través de una ventana de un lavabo, entramos los ventipico que íbamos de excursión y la dejamos totalmente embarrada. Aquella gamberrada llegó a oídos del cura, que removió la mierda y la lio parda, dejando en entredicho la autoridad y responsabilidad de los monitores.

Aquello entró en crisis, se alquiló un piso y después otro… pero no era lo mismo. La falta de espacio y nuestra ansia de libertad nos hizo cambiar de estrategia.

A los Boy Scouts siempre habíamos ido juntos Jano, José y Richi (que eran hermanos) y mi hermano Joaquín y yo. Jano, José (eran gemelos) y Joaquín eran “Rangers”. Richi y yo, “Llobatons”.

Joaquín un día nos dijo que aquello era aburridísimo y decidió dejar de ir. El plan era el siguiente: no volveríamos a los scouts, no les diríamos nada a nuestros padres, todos los sábados fingiríamos ir y nos iríamos por ahí. Cada mes pediríamos a nuestros padres el importe de los scouts, dinero con el que sufragaríamos el alquiler de la tienda de campaña para ir de excursión y para movernos el resto de sábados del mes. Lo que decidía Joaquín se acataba y punto, no había discusión, y además era un plan buenísimo.

Sábado a sábado, conocimos toda Barcelona, aprendimos a circular en el metro y vivimos aventuras como colarnos en el ZOO, jugar al escondite entre los troncos de más de un metro de altura del Moll de la fusta, descubrir el parque del laberinto cuando no estaba abierto al público y estaba abandonado, ir desde la Floresta a Sarrià por el túnel de los Ferrocarriles Catalanes, coger erizos de mar en el rompeolas, ir al castillo de Montjuïc y colarnos en el parque de atracciones, cazar palomas para soltarlas en el cine, etc.

Para incrementar los ingresos, recogíamos papel y botellas vacías de cava por las casas y las vendíamos en el trapero. Siempre actuábamos en nombre de la parroquia y vestidos de Boy Scouts. Nadie se podía negar a comprar a aquellos inocentes niños. El sumun de ingeniería financiera fue el vender números de lotería para una rifa de la parroquia ofreciendo un Vespino como premio. Para evitar dar el premio siempre vendíamos los números en otro barrio. Una vez apareció un premiado, que era un vecino de escalera del Alfredo, un tontaina que venía con nosotros, súper mimado porque sus padres separados competían por su cariño. Como era tonto, le vendió sus números a los vecinos y familia. Total, el vecino agraciado se lo dijo a su padre y éste le rio la gracia y no pasó de allí. El Alfredo guardaba la llave de casa debajo del felpudo y algunas veces nos habíamos colado en su casa para cambiarle piezas de Scalextric, también cuando juntábamos todas las pistas de Scalextric para jugar se volvía a casa con la mitad.

Nuestra organización dio buen resultado por dos cosas: no éramos avariciosos y éramos temerosos de Dios. Después de cada fechoría nos confesábamos. La verdad es que sólo explotábamos el negocio para sufragar la parte que no cubría la asignación semanal que era 0,03€ “el duro de la paga” y el ingenio hizo que pudiésemos tener el yoyó Russel Profesional y algún otro capricho que los hijos de familia numerosa difícilmente tenían.

 

Fue curioso cómo el macizo del Montseny se convirtió en el único destino para hacer excursiones en todo aquel periodo y además la excursión siempre era la misma.

           Imagen de archivo de prensa del avión Comet 4  estrellado 3/7/1970 murieron los 105 ocupantes.

Lo que nos atrajo allí fue una salida que hicimos con el “Cau” al Montseny al poco de un horrible accidente de avión ocurrido en julio de 1970. El morbo nos decía que en algún momento nos encontraríamos con algún resto, pero en aquella época, sin Internet, era imposible dar con el lugar.

Los miércoles por la tarde teníamos fiesta, así que la semana que había excursión íbamos a alquilar la tienda de campaña que repartíamos entre los cinco.

Si no había excursión nos íbamos al parque de la Ciudadela donde había un centro de la guardia urbana en el que fomentaban los valores de la buena conducción a los niños. Así que íbamos allí y, si contestábamos correctamente el significado de las señales de tráfico, pasábamos a hacer un examen práctico en bicicleta en un circuito. Los que pasaban esta prueba práctica pasaban a los cars (Mod. Pony). Era ya el éxtasis.

Por su puesto, todos nuestros desplazamientos eran andando pero, cuando teníamos dinero, íbamos en metro ya que dominábamos todos los trayectos a la perfección.

El viernes al volver del cole salíamos, íbamos a la estación de Paseo de Gracia (en aquella época apeadero) y allí subíamos al tren que nos llevaba a Sant Celoni. Una vez allí empezaba la aventura. Nos cargábamos la mochila y empezábamos a andar hacia Santa Fe del Montseny. Íbamos por la carretera y, a unos 5 km, había una masía restaurante a la izquierda (hoy Cal Rei). En aquella época la entrada que daba acceso al restaurante era una barra de bar, al restaurante nunca pasamos, en el bar nos comprábamos cada uno una botella de vino. Era un tintorro potente con el que acompañábamos el bocata que nos comíamos a la entrada del restaurante sentados en una piedra. El vino que nos quedaba lo guardábamos en la mochila para el camino. Antes de emprender la marcha entrabamos a tomar un carajillo, que nos servían sin poner ninguna pega teniendo en cuenta que teníamos entre 11 y 14 años.

Cuando reanudábamos la marcha, serían las 10 de la noche, estábamos contentos aunque nos quedaba por delante más de tres horas andando. Entre risas, tropezones y tragos de vino, llegábamos destrozados a Santa Fe del Montseny, tanto que nos daba pereza montar la tienda de campaña y hacíamos vivac en una especie de claustro que había por la ermita de Santa Fe del Montseny. Ni qué decir tiene que por allí no había un alma…

Seguro que madrugábamos, ya que al dormir sin tienda en cuanto se hacía de día ya estábamos despiertos. Una vez despejados, preparábamos el desayuno, bocata de algo y café con leche. Al Richi y a mí nos tocaba limpiar los cacharros y, una vez estábamos listos, empezábamos la excursión al “Turó del Home”. Cuando llegábamos allí nos íbamos a la estación meteorológica, que en aquella época la custodiaba un marino. Nosotros le explicábamos que mi padre también lo era y entonces él se abría y nos explicaba todos los instrumentos de medición, acabando la visita con la invitación a un chupito de algún licor que nos servía en el tapón de nuestra cantimplora.

Después, emprendíamos la bajada a Santa Fe y, una vez allí, montábamos la tienda y hacíamos la comida. Por regla general el menú siempre era fabada litoral que calentábamos en la misma lata por orden de autoridad incuestionable, Joaquín, José, Jano, Juanjo y Richi. Con aquella lata de judías a fuerza de pan ya estábamos bien. En alguna masía comprábamos vino y más pan. Solíamos llevar embutido que normalmente era mortadela, latas de foigrás y el bocadillo de leche condensada con Nescafé, que era otra de las delicias.

Después de comer nos tumbábamos en la tienda a perrear, al rato nos levantábamos para realizar alguna labor de derribo, normalmente un árbol, del que haríamos leña para el fuego de la noche. A la hora de la cena el ambiente se empezaba a poner tenso, siempre había una discusión que terminaba con el desmontaje de la tienda y el clásico “nos vamos a Barcelona”. Sobre las once de la noche ya estábamos listos y cenados y llenos de ánimos para empezar la bajada, que igual que la subida realizábamos gamberreando por la carretera. Así, sobre las cuatro de la mañana, llegábamos a la estación de Sant Celoni, donde nos repartíamos los bancos para dormir mientras esperábamos a que llegase el primer tren a Barcelona. Llegábamos sobre las ocho a la estación de Francia y desde allí íbamos a casa andando. Por el camino lo que más recuerdo era los pedos que nos tirábamos que retumbaban en las intransitadas calles como si fuesen bombas y ráfagas de metralleta.

Los “Richis” (que era como llamábamos a los hermanos Rodríguez Juan), se iban a casa de su hermana donde estaban de fin de semana y se metían de incógnito (aunque no sé cómo disimularían el olor a tigre y a humo). Mientras Joaquín y yo nos quedábamos a esperar que desaparecieran mis padres y hermanos que iban a pasar el día a Corbera. La espera era larga. A las diez veíamos salir a mis hermanos a misa; antes de las once ya estaban en casa; a los veinte minutos bajaban todos, se montaban en el 1500 y desaparecían. Era entonces cuando nos íbamos a casa a dormir a pierna suelta hasta las siete de la tarde, hora de ducharse y ponerse el pijama y ponerse a hacer deberes para que mis padres estuvieran contentos cuando llegaban sobre las ocho.

        Trozo de mapa, para que veáis el mérito de Joaquín (autodidacta) para orientarse. Nos enseñó a todos a leer mapas.

 En Semana Santa del año 1971, dada la experiencia acumulada en el Montseny, decidimos hacer la travesía de Arbucias al pueblo de Montseny.

La travesía estaba muy bien planificada. Joaquín había estudiado minuciosamente su plano y le seguiríamos religiosamente como reconocido líder del grupo. Joaquín era un cabroncete pero era valiente, operativo, se orientaba bien, podía hablar catalán con la gente de la zona que le costaba hablar castellano. En aquella época hablábamos siempre en castellano, el catalán lo entendíamos perfectamente pero nos daba vergüenza hablarlo porque lo hacíamos mal y los catalanoparlantes se reían y te llamaban charnego cuando colabas alguna castellanada. Además, como cotidianamente no nos hacía ninguna falta hablarlo, nos esforzábamos poco.

Los demás nos encargamos de la intendencia y la logística. El dinero de la expedición lo tenía y administraba perfectamente Joaquín, era buen administrador y no nos faltaba de nada. El tabaco y el alcohol era cosa de cada uno, pero si sacabas algo de comer pertenecía a todos, por eso los caprichos alimenticios los tenías que llevar y comer a escondidas.

 

Además de Joaquín, los “Richis” y yo, a esta excursión apuntamos al Ramiro, un amiguete de la parroquia que vivía en la calle del Peligro (ahora Perill). Era huérfano de padre y vivía con su madre, su abuela y una hermana mayor que ejercía de padre. Era un cabrón pero gracias a la intercesión de Joaquín, que le pareció muy formal y sensato, lo dejaron venir. Así es como Ramiro Ramera Furcia, su nombre de guerra, se libró unos días de vivir en el aquelarre.

Latas de garbanzos, judías, sobres de sopa y macarrones, más embutidos, lomo adobado, latas de albóndigas, de sardinas y tomate Solís era nuestra despensa repartida entre todos. Estaba previsto comprar las patatas y los huevos por el camino. Llevábamos leche en polvo, Colacao y Nescafé, una botella de coñac y, cada uno, su vino y su agua. El peso estaba bien repartido: ropa poca y una tienda de campaña por si acaso. La verdad es que la llevábamos para que los padres estuvieran tranquilos, pero la verdad es que pensábamos hacer “vivac”. Tanto es así que los palos y el sobre toldo los dejamos en casa pensando en que si necesitábamos palos buscaríamos cañas.

A Arbucias llegamos en bus del Segalés, monopolio del transporte entre la capital y los pueblos de la época, y lo que no recuerdo es si hubo que hacer algún trasbordo. Hacía bueno y emprendimos la marcha. Teníamos seis días por delante para hacer lo que nos diese la gana. Cruzamos el pueblo y, al final, seguimos por un caminillo que subía entre un bosque nos fue subiendo y subiendo hasta llegar a lo que nos pareció una meseta. Hacía sol y allí nacía otro camino de carro ancho, llano y cómodo que nos condujo entre campos sembrados de algún cereal para forraje. Después de unos kilómetros, dimos con una casa abandona al lado del camino. Tenía pinta de usarse como pajar. Joaquín cogió un poste de teléfono que había en el suelo y lo apoyó en la pared para escalar hasta la ventana. Al momento teníamos la puerta abierta, tomamos posesión de la casa y allí pasamos nuestra primera noche.

El segundo día, supongo que madrugaríamos, tomaríamos el desayuno y nos pondríamos en marcha. Conseguir pan era un objetivo diario y eso nos hacía ir preguntando masía por masía si nos vendían pan. Para esa misión mandábamos al Richi que daba más pena. Una vez conseguido éste, el humor nos cambiaba y el ritmo aumentaba. Cada vez que aparecía una casa abandonada la inspeccionábamos. Así conseguimos nuestra segunda casa para dormir. Esta segunda casa estaba bastante bien. Parecía una casa compartida por varias familias, ya que los armarios tenían candados y las puertas de las habitaciones también. Dormimos en una especie de garaje o sala de juegos que había, respetando la parte de la casa. Eso sí, usamos la cocina y los cacharros, que al final limpiamos en un arroyo porque la casa no tenía agua corriente.

Aquel tercer día empezó a llover y el objetivo era llegar a Santa Fe del Montseny y desde allí subir al Turó del Home. En Santa Fe conseguimos pan y tiramos para arriba. A medida que íbamos subiendo disminuyó la lluvia y apareció la niebla, cada vez más espesa. Nuestro objetivo era llegar al Turó del Home y podernos refugiar en la estación meteorológica para comer y seguir la marcha por la tarde. Pero cuando llegamos a la estación no nos contestó nadie así que seguimos nuestro camino. Como siempre, ante la adversidad nos enfadábamos y el hambre nos hacía más agresivos. Necesitábamos un sitio para comer y secarnos. Joaquín mandaba y no nos dejaba parar, íbamos bajando por un camino lleno de castaños y en el suelo había muchas castañas resecas como piedras que intentábamos mordisquear. Al final, en un recodo, apareció lo que sería una casa como de peón caminero, sin puertas ni ventanas. Tenía dos pisos diáfanos: en la parte de abajo un poyete (que debió ser la cocina), bajo la ventana, una chimenea en un rincón y, en medio de la sala, unas escaleras que subían al piso de arriba que Joaquín hizo suyo, preparándose una cama de paja y no dejándonos subir al resto.

Estas muestras de egoísmo eran tan naturales en Joaquín que nunca se las teníamos en cuenta, era mejor que durmiese solo que recibir un estacazo a media noche porque roncabas.

Acondicionamos la parte de abajo para estar cómodos, encendimos la chimenea, colgamos la ropa mojada y nos hicimos la comida, que nos supo a gloria. Jugamos a cartas, normalmente a “burro con piripi” (un juego de cartas violento en el que siempre terminábamos peleados) y al final, reventados de cansancio, dormíamos como marmotas.

Al día siguiente, el cuarto, estábamos allí tan a gusto y la ropa tendida tan mojada que decidimos quedarnos en aquella choza. Pasamos el día gamberreando. Recuerdo que encontramos un nido abandonado y Joaquín cogió los huevos para hacérselos fritos. Eran huevos del tamaño de una canica. Fuimos a la casa y, mientras unos le afeábamos la actitud y otros le reían la gracia, cuando el aceite estaba hirviendo rompió uno de los huevos para freírlos y fue como una explosión. De repente un olor apestoso invadió todo, la cara que puso de asombro Joaquín fue tan buena que todos rompimos a reír, una risa que nos duró muchas horas. El día pasó tranquilo, a pesar de ser Semana Santa teníamos la sensación de estar en una isla desierta, por allí no pasaba un alma.

Amaneció lloviendo el quinto día. Sí o sí nos íbamos a poner en marcha, teníamos que llegar al pueblo del Montseny pero nos perdimos. No paraba de llover, íbamos calados y sin pan. Al final, llegamos a una carretera y decidimos seguirla hacia arriba. Después de varios kilómetros llegamos al Hotel Restaurante Sant Bernat y subimos para pedir que nos vendieran pan. Cuando llegamos a la puerta salió un energúmeno gritándonos que nos fuésemos y nosotros le decíamos que solo queríamos que nos vendiesen pan. A los gritos del desgraciado se sumaron los ladridos de tres perros San Bernardo gigantes que nos aterrorizaron y salimos de allí hundidos por el frío, el hambre y la falta de humanidad de aquel individuo. El acceso al Hotel era un camino de tierra ancho y cuidado y, justo donde se volvía a encontrar con la carretera, había una masía. Como no teníamos nada que perder llamamos para ver si nos podían vender pan. Nos abrió una señora y al vernos nos hizo pasar, nos sacó toallas para secarnos y nos dijo que nos pusiéramos ropa seca. Nos dio una sopa caliente que completamos con nuestros embutidos y envió al marido a buscar pan para que nos lo llevásemos.

Cuando salimos de allí habíamos vivido las dos facetas del ser humano: lo mejor y lo peor, lecciones imprescindibles que da la vida. Fuimos carretera abajo hacia el Montseny, para allí coger un bus a Sant Celoni por recomendación de nuestro ángel de la guarda, ya que no había previsión de que el tiempo mejorase. Bajando por la carretera, nos encontramos lo que yo recuerdo como una ermita que tenía un techado tipo claustro (pero a lo mejor era un pajar…) y decidimos acampar allí. Al poco tiempo apareció un señor muy mayor con un paraguas que nos dijo: “Aquí podeu estar a aixopluc”. Lo de “chapluc” (aixopluc) nos hizo muchísima gracia y empezamos a repetirlo en voz alta y riéndonos, entonces, el viejo se mosqueó y nos echó de allí. Tal y como estaba la cosa, nos humillamos, le pedimos perdón y así pudimos pasar la noche bajo aquel chamizo.

El sexto día seguía lloviendo así que decidimos quedarnos allí. Aquel día lluvioso y ocioso hizo que los ánimos se caldeasen y el mosqueo iba “in crescendo”. El Ramiro, el Richi y yo habíamos hecho un wáter de lujo al borde de un bancal donde te podías sentar cómodamente a cagar. Como no podía ser de otra forma, lo estrenó Joaquín, que nos insultaba y tiraba piedras para preservar su intimidad. De las risas se pasó al mosqueo y, después de cenar, decidimos ir andando a Sant Celoni. No sé, ¿por qué teníamos la manía de andar de noche?

Al empezar la caminata empezamos todos a gritar como si fuese un grito de guerra “a chapluc” “a chapluc”, y eso nos producía mucha risa y durante muchos años “a chapluc” fue un detonante para provocar la risotada.

Bajamos ligeros, como caballo que huele a cuadra, y como en otras ocasiones dormimos en la estación de Sant Celoni. Llegamos en un silencioso Viernes Santo a Barcelona. Recordemos que los Viernes Santos no eran como ahora, todavía se guardaba un silencio sepulcral, nunca mejor dicho, que solo se rompía con nuestros sonoros pedos que hacían estremecer a cualquiera.

                                                                  Este sería posiblemente el recorrido aproximado.

Cuando llegamos a casa, la espera junto al Garaje “Sub-way” fue menor. Ese día no había misa, mis padres se iban a Corbera a pasar unos días de Semana Santa y sobre las diez y media ya estábamos durmiendo a pierna suelta.

Durante años he recordado aquella excursión como una gran aventura. Hoy sería inimaginable que unos niños entre 11 y 14 años deambulasen solos por los bosques del Montseny. A lo mejor en aquella época también lo era pero ni nosotros ni mis padres teníamos ninguna sensación de inseguridad, Hay que tener en cuenta que desde que salíamos hasta la vuelta no había ninguna comunicación. La confianza en la Providencia era lo que nos permitía no sufrir porque se entendía que todo iba bien.

Todo lo que explico en esta historia ocurrió de verdad. A veces puede parecer exagerado pero os aseguro que he dulcificado cosas para darle credibilidad y es que la realidad supera con creces la ficción.

Por Juan José Bofill de la Fuente  

 

 

*Nombres tomados del Libro de la Selva inspiración del grupo de “Los Llobatons”.

 

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