LAS MUCHACHAS DE NUESTRA INFANCIA (1960- 1972)

 

En los años 60 la vida rural era dura, más que por el día a día, era por el futuro tan incierto y la falta de oportunidades que ofrecía ese mundo rústico que se había quedado tan rancio y estancado. Una salida “fácil” en aquel momento para las chicas era ir a servir a la ciudad, donde vivían con una familia en un mundo menos hostil que el industrial. Las muchachas dormían en la casa, tenían su propia habitación, y aparte de ayudar en las faenas domésticas, colaboraban con el cuidado de los niños. Y todo esto a cambio de un sueldecito (no debían cobrar mucho) del que gastaban muy poco, ya que casi todo lo que recaudaban lo ahorraban o lo enviaban al pueblo para ayudar a sus familias. Lo mismo que hacen hoy los inmigrantes que vienen de fuera o como los estudiantes que van hoy en día de “Au pair”.

Para las familias, tener una chica en casa suponía perder una habitación y bastante intimidad. Ése era el precio que se tenía que pagar, ya que por la parte económica no representaba mucho sacrificio.

En época de nuestra infancia, las familias que se lo podían permitir (que no quería decir que fueran muy pudientes, sino que los ingresos eran lo suficientemente respetables como para estar un poco por encima de la media), tenían “chacha”, es decir, chicas para el servicio doméstico. En casa, por suerte, nos lo podíamos permitir, debido a que nuestro padre trabajaba en SEAT con la categoría de Jefe Superior y le echaba más horas que un burro. Llevaba a casa un salario que para la época debía ser lo suficientemente digno y nuestra madre administraba el dinero de maravilla de manera que aquel único sueldo daba para tener un 600 y una tele a principios de los 60, lo que se vino a llamar el “milagro económico” que tan bien reflejan las películas costumbristas españolas de los sesenta. Pues bien, ese milagro económico vino acompañado del también famoso “Baby boom” del que mis padres no se libraron. Fue a partir de esta época, cuando a mi madre con dos criaturas (y las que tendrían que venir todavía), se dio cuenta que le hacía falta que le echaran una mano y decidieron contratar a una muchacha.

Lo que se valoraba de las muchachas es que fregasen a mano, un ritual que hoy lo vemos absurdo, pero que limpiasen de rodillas era imprescindible. Periódicamente se enceraba el suelo y se le sacaba brillo. La tía Tini era la campeona del suelo espejo. En su casa solo se podía ir con unas bayetas bajo los zapatos, cosa que nos parecía muy divertido. Un suelo que no fuese como un espejo era una vergüenza. Mientras se estaba fregando no se podía hacer nada, el ritual terminaba poniendo periódicos en la superficie para no pisar lo mojado. Lavar la ropa a mano era otro de los trabajos mas duros y pesados, que hoy no existen, como remendar, confeccionar la ropa, tricotar por obligación, etc.

Por casa pasaron varias muchachas que, por orden, y si no recordamos mal fueron: la Vale, la Anita Perellón Pérez, la Juana Medero Bello, la Feli, la Tina y, por último, la Paquita.

La Vale fue la primera muchacha que tuvimos (1960-1961). En aquella época vivíamos en Barcelona, en el Paseo de la Zona Franca, en las viviendas que SEAT había construido para sus empleados. A mis padres les dieron un piso que daba al Paseo, la Letra B, 2º 1º, que tenía cuatro habitaciones. Mis padres hacía poco que habían llegado a Barcelona y vivían a caballo entre una pensión en la que dormían, donde había en el lavabo revistas un tanto subidas de tono que les escandalizaban, y la pensión de la tía María, donde realizaban todas las comidas y mi madre pasaba el tiempo.

Un buen día, con el humor que caracterizaba a papá, se presentó en casa con la cara desencajada y le dijo a mamá que al final no le habían renovado el contrato en SEAT. Mi madre se hundió por la noticia. A continuación, mi padre dijo que era broma y, entre grandes aspavientos de alegría, le comunicó que le habían concedido un piso de la SEAT. Mamá siempre comentó que fue tal el disgusto que tuvo que ni se alegró de tener por fin el piso.

Por lo que contaban mis padres, “La Vale” era una auténtica mala bestia a la que incluso nuestra madre llegó a tener miedo. Era como unos diez años mayor que mamá y eso la intimidaba. La Vale se crecía y la trataba de niñata. Creemos que era gallega. Cuando nuestra madre la amonestaba por algo, ella le contestaba fatal sin ningún tipo de respeto. Tenemos entendido que mamá se lo explicaba a nuestro padre, pero éste como que no le daba mucha importancia y le decía que tuviera paciencia. No debía ser fácil encontrar muchacha por lo que tenían que mirar de aguantarla y más en esos momentos que ya andaban con tres criaturas pequeñas. Un día, nuestra madre la abroncó por algo y la Vale le pegó una patada a un cesto de la ropa con tanta fuerza que se lo tiró en la pierna y la hizo llorar. Fue a partir de allí que nuestro padre se enteró y le dio un ultimátum. Pero lo que desató su despido definitivo fue cuando mamá le dijo algo que había dejado donde no debía y ésta le contestó: “Pues yo no he sido, lo habrá dejado usted, que la señora desde que tiene coche ve nublao”. Dio la casualidad de que en aquel momento papá estaba en casa y la oyó. Se fue a ella y le dijo: “Ya puedes coger todas tus cosas e irte de esta casa ahora mismo”. El despido fue fulminante. Mi madre a partir de aquel día empezó a respirar y sintió un alivio enorme, pero ya con tres hijos, más otro en camino, se hacía urgente buscar nueva muchacha lo antes posible.

La Vale tenía una especial predilección por Juanjo, éste la llamaba “mi Vale”, a Joaquín no lo tragaba y eso a mi madre tampoco le gustaba.

Habían pasado unos tres años desde que la echaron cuando Joaquín, nuestros padres y Juanjo iban por la calle del Pino, donde estaba la óptica donde nos hacían las gafas, y de repente una giganta se paró delante nuestro y preguntó a voz en grito: “¿Sabes quién soy?”. Juanjo sin dudarlo contestó “mi Vale”. Y, entonces, ella rompió a llorar emocionada cogiéndolo en brazos.

La frase “desde que tiene coche ve nublao” ha sido una frase que se ha incorporado al “fraseario” familiar y se usa muchísimo.

A través de “el Diego”, chófer en SEAT, que habló a nuestros padres de una sobrina suya natural de Cuevas de Almanzora que estaba buscando casa para servir, conocimos a la Anita (1961 a 1966). Fue nuestra segunda muchacha y la mejor que tuvieron mis padres y nosotros. Procedía de una familia muy humilde, era la mayor de creo que ocho hermanos y se encargaba de cuidarlos a todos desde muy pequeña mientras sus padres trabajaban. Nuestra madre nos explicaba que su familia eran lo más parecido a los de la película de “Los Santos Inocentes”. Al igual que en ésta, estaban al cuidado del cortijo de un señorito.

La Anita cuando llegó a casa tenía 16 años, era prácticamente una niña pero muy endurecida por la vida que había llevado hasta entonces. No sabía ni leer ni escribir y nuestra madre le enseñaba en sus ratos libres, tomando ésta mucho interés. Por lo que nos explicaba, era muy inteligente y aprendía enseguida. A la Anita lo que le motivaba a aprender era el poder leer los prospectos de las medicinas. Seguro que podría haber sido una eminente farmacéutica. También aprendió a cocinar (cosa que hacía muy bien), a coser, a hacer punto y a todas las labores domésticas, incluso, a poner inyecciones. En aquella época si adorabas el café, tomabas “Optalidón” y si ponías inyecciones, ya estabas totalmente integrada en la familia, y la Anita lo hacía. 

                                                                La Anita con Toñín                                                                

La Anita los domingos iba a ver a su tío, el Diego, que vivía en una barraca detrás del campo de fútbol de las viviendas de SEAT y, alguna vez, llevaba allí a los chavales. Juanjo ofrecía todo su repertorio de payasadas y ellos, a cambio, le dejaban beber vino. En aquella época no estaba mal visto que los niños bebiesen moderadamente, ya que les daba fuerza y les abría el apetito. Además, los hacía más simpáticos, así que era normal merendar pan con vino y azúcar, tomar Quina San Clemente y los domingos beber un vasito de vino con gaseosa (esto último seguro que es más sano para los niños que la Coca-Cola).

                           La Anita con Joaquín a la izquierda (queda cortado en la foto), Toñín en                                                    brazos y Juanjo a la derecha en las viviendas de SEAT   

Un buen día tuvieron que operar a la Anita de apendicitis. Nuestros padres consiguieron contactar con su madre, que se presentó en Barcelona con lo puesto, sin maleta ni nada, vestida de riguroso luto. Mamá, inocente de ella, pensó que la mujer se ocuparía de su hija o nos echaría una mano. Pues no. En casa se sentó en la cama de su hija y allí estuvo sin parar de llorar los tres días que la Anita estuvo hospitalizada. Sólo dejaba de llorar cuando mamá le ponía la comida. Cuando la Anita volvió a casa, nuestro padre la montó en el tren y eso es todo lo que dio de sí la madre de la Anita.

La Anita, mi madre y la tía Tini eran fans de Manolo Escobar, tanto es así, que una vez se fueron al teatro a verlo y volvieron alucinadas. Si pusiera música a esta época sería “El Porompompero”. La Anita suspiraba por Baldomero, el hermano guitarrista de Manolo Escobar. Eran tiempos de la “Francis” y “España para los españoles”, el transistor iba con la Anita a todas partes. Por la tarde, yo la recuerdo planchando y contándonos como le sangraban las manos cuando iba a recoger el algodón. Había un actor, “Torremocha”, que tenía en alguna película una muletilla que era “o moochooo” y la Anita repetía a todas horas.

Nos quería a todos con locura, nos trataba con muchísimo cariño y nos defendía a muerte. Cuando el señor Manolo, el portero de nuestra casa en el Paseo San Juan, (entonces General Mola, 39, 5º1ª), subió hecho un basilisco porque rompimos el cristal de la portería, ella le paró los pies y lo puso firme. Cuando la vecina de abajo subía a protestar por que hacíamos ruido, ella le contestaba que en la escalera los perros estaban prohibidos y los niños no y, así, acallaba a la vecina que tenía perro.

                                          La Anita con Juanjo y Joaquín el día de la comunión

Estuvo con nosotros hasta que se casó e incluso retrasó un año su boda para cuidar a nuestra madre que tuvo que hacer reposo todo el embarazo del Nanu. Para nuestros padres la Anita fue como una hija, tanto es así que “El Pepe” le pidió la mano de la Anita a mi padre.

Lo mejor fue el día que nuestro padre quiso saber con quién salía la Anita. Juanjo, Joaquín, la Anita y nuestra Madre seguían el encuentro desde el balcón de la terraza que da al Paseo San Juan. Allí vieron al Pepe vestido de soldado, llegó nuestro padre y se dieron la mano. Al Pepe se le veía rígido y asintiendo.

- Es buen mozo, tan alto como Joaquín - Mamá decía.

- Sí, es como el señorito - Decía la Anita enamorada.

Años más tarde, recordando aquel encuentro, le preguntamos a Pepe qué le dijo nuestro padre y él nos contó que le hizo tres preguntas: (1) Si estaba enamorado e iba en serio con la Anita; (2) si era honrado y (3) si era trabajador. A lo que el Pepe le dijo sí a todo. Entonces Papá le dijo:

- La Anita es más que una hija para nosotros así que si me has engañado en alguna de las respuestas y ella no es feliz, ¡te machacaré!

Cuando se casó, se fue a vivir al barrio de Llefiá en Badalona y tuvo tres hijos. Nuestra madre contaba que todos ellos tenían carrera (eso se valoraba mucho en mi familia) y, además, una de las chicas era una eminencia, algo que no nos extrañaba porque los padres eran muy inteligentes y trabajadores. Recordamos haber ido de visita a su primera casa. Era muy humilde pero digna, allí tenían una bicicleta de carreras que el Pepe había utilizado para ir a trabajar y, como ya no la iba a necesitar, se la regaló a Joaquín, que le sacó mucho partido cuando trabajaba cobrando los recibos del ANUARIO MERCANTIL, un libro donde estaban todas las empresas y comercios de Barcelona. Ese libro se realizaba sin permiso de los que aparecían y en muchas ocasiones cuando Joaquín se presentaba a cobrar tenía que salir por piernas o, mejor dicho, por pedales.

Cuando la Anita se fue de casa, nuestros padres siguieron teniendo relación con ella y la ayudaron en todo lo que pudieron, ya que la querían como a una hija más. Ellos también se portaron muy bien con nosotros. En el recuerdo tenemos el Simca 1200 que el Pepe nos vendió por cuatro duros en la época que teníamos el estanco y que utilizábamos para ir a buscar las sacas extras de tabaco a la Tabacalera. 

Anita murió un par de años antes que mi madre, no recordamos exactamente de qué. Fue una pena no enterarnos y no poder despedirla. Los hermanos que tuvimos la suerte de vivir con ella, no la olvidaremos nunca y nos da pena haber perdido el contacto con su familia.

Después de la Anita, en 1967, con cinco hijos se hacía imprescindible seguir teniendo una chica en casa, así que no sé por recomendación de quién apareció por casa la Juana. Juana Madero Bello era como “Maguila el Gorila” pero con peluca. Era andaluza o extremeña, no recuerdo la edad que tenía pero aparentaba más, ni sé cuánto tiempo estuvo, lo que sí recuerdo es que estaba loca como una cabra. Se ponía a llorar sin motivo y montaba unos dramas que de pequeños nos afectaban.

La Juana era un personaje, era un poco limitada, en la época que estuvo en casa se hizo popular la canción de “Juanita Banana” de Luis Aguilé. Nosotros se la cantábamos y ella se iba a chivar a nuestra madre como si fuese una niña pequeña. Mamá nos reñía en broma y nosotros nos “despiporrábamos” de risa.

En casa de nuestros padres, a pesar de tener siempre la calefacción apagada, hacía mucho calor porque la calefacción central no paraba ni de día ni de noche y, sólo con los tubos, aquello era un horno. La Juana en pleno invierno iba por casa con una bata de tirantes. De repente, por la tarde en invierno, ya de noche, decía: “Me voy a comprar el TP” (Teleprograma, mini revista de la época con la programación semanal de la tele). Y, cuando nuestra madre le decía que se abrigase, que hacía mucho frío, ella contestaba:

-          ¡Qué va!, ¡si estoy sudando! Cogía la puerta y se iba.

Supongo que además del TP, debía quedar con alguna amiga o amigo porque cuando volvía a los tres cuartos de hora llegaba al borde de la congelación. A nosotros nos hacía mucha gracia aquella falta de entendederas para no distinguir dentro y fuera.

Por cierto, en mi casa nos llamábamos en femenino, era una costumbre que teníamos para insultarnos permanentemente entre hermanos. Como a Juanjo le llamábamos Juana, se creaba mucha confusión con los nombres. Y, como ella se pensaba que nos burlábamos, corría detrás nuestro a pegarnos.

La Juana se volvió al pueblo (o eso dijo), aunque alguien la vio alguna vez por Barcelona.

Después apareció la Feli (1968) era gallega, de Monforte de Lemos, estuvo muy poco tiempo. Era grandona, con mofletes rojos y con una mala leche impresionante. Nos pegaba y cuando daba, daba bien. El culo a más de uno se lo dejaba morado. No sabemos si se fue o la echaron. A Toñín le llamaba “merdento” por su aversión al baño. Era la época de Andrés Dobarro y el día que tenía alegre nos daba la paliza cantando. Un día se puso a llorar sin consuelo, toda la familia estábamos súper preocupados por lo que le podía pasar. Al final, hipando entre sollozos, conseguimos saber que lo que le pasaba es que en el pueblo se había muerto su vaca favorita. En aquel momento no pudimos aguantarnos la risa y con la crueldad que nos caracterizaba, nos burlamos tanto, que quizá aquel fue el momento en que se planteó dejarnos.

                   La Feli con mamá y los cinco hermanos que éramos en 1968

De esta época es el invento del candado en el teléfono para que no pudiésemos llamar, ya que de repente se disparó el consumo. La Feli, cuando no estaban nuestros padres, se enganchaba al teléfono y hablaba con su familia a gritos en gallego cerrado. Toñín y Ramón le hacían burla detrás de la puerta del recibidor y, después, ella los cogía y les zurraba, amenazándoles que no se chivaran, pero era lo primero que hacían cuando llegaban nuestros padres.

La Tina (1969-1971) fue la siguiente. Era todo un personaje. Su nombre era Matilde Valentina, pero se hacía llamar Tina. Natural de Zamora, era hermana de la Delia, la muchacha de la tía María Victoria, que en aquella época no vivían en Barcelona. Llegó a casa con 16 años. Recuerdo que tenía la cara llena de granos y llevaba unas gafas de pasta gruesa. No era muy agraciada pero cuando nos llevaba al colegio se remangaba la falda y revolucionaba a la parroquia. A pesar de ser medio de pueblo, hablaba repipi y era cursilona diciendo las cosas. También tenía la mano suelta y de vez en cuando nos arreaba cuando le convenía o nos lo merecíamos. La época de la Tina la asocio a “Los Módulos”, y la canción “Todo tiene su fin” que decía: ”Siento que ya llega la hora, que dentro de un momento te alejarás de mí…” Sonaba incansable en el tocadiscos de mamá del que se apropió Joaquín y que la Tina usaba después de recibir la autorización de nuestro padre. Eso encolerizaba a Joaquín, que lo más bonito que le llamaba era “granujienta asquerosa”.

                            La Tina entre mamá y Toñin en aquel viaje memorable a San Sebastián                                                                                  

Un verano en el que nos fuimos de vacaciones a ver a nuestros abuelos al Gobierno Militar en San Sebastián, mis padres se llevaron a la Tina. Nos dio un viaje amargo porque se mareaba. En el Seat 1500 ocupaba medio asiento de atrás y nos hacía ir totalmente apretujados. Cuando nos movíamos en aquel espacio ínfimo que nos dejaba, le molestábamos y nos decía con la cara descompuesta por el mareo: “Por favor, un poco de colaboración”. Ante semejante cursilería nos mofábamos de ella todo el camino.

No obstante, la Tina tenía su público y en verano, en la Era de Corbera, le rondaban unos cuantos mozos. Entre ellos se encontraba el Sr. Motos, que era pariente de los Jarque (Juanín y Tomas), y tenía una Derbi tricampeona que nos dejaba toquetear para hacerse el simpático.

Allí, en Corbera, nuestra madre mandaba a la Tina a comprar al Colmado del Canals. No sabemos por qué pero allí se pasaba de cháchara mucho rato y, por lo que supimos posteriormente, estuvo tramando su marcha de nuestra casa. Así fue, por mediación de éstos la había contratado un viudo que conoció y con el que, por cierto, se acabó casando. Ni qué decir tiene que mamá dejó de comprar en el colmado Canals, a los que acusó de alta traición, además de retirar la relación y el habla a la Tina para siempre. Menuda faena le hizo, dejó a nuestra madre colgada a mitad del verano.

La última muchacha que pasó por casa fue la Paquita, (1971-1972). También era muy jovencita, debía tener 17 o 18 años. No recordamos por mediación de quién dimos con ella. Era pequeñita, con cara de Olivia, la mujer de Popeye. Lo que más recordamos de la Paquita era que los domingos por la tarde, que tenía fiesta, venían cuatro o cinco amigas a buscarla. Debían ser muchachas de otras casas que conocía del barrio y se metían todas en el lavabo pequeño de nuestro piso, donde apenas cabía una persona, a maquillarse y a ponerse guapas, para ir luego a bailar (y suponemos que a ligar).

Alguien hizo un agujero en la puerta del wáter pequeño para espiar pero, por la altura, debió ser uno de los hermanos pequeños. Cuando lo descubrió Papá, puso a Joaquín y a Juanjo de vuelta y media y les dijo que eso era de degenerados. Juanjo no sabía ni de qué le hablaba en aquella época. La única imagen erótica que le impactó era la de Charo, la hermana de los “Richis”, fregando el suelo de rodillas enseñando sus bragas rojas que se le metían por el culo.

Un día, la Paquita recibió una carta y se puso a llorar amargamente. Nos acordamos cómo se le descorría el rímel por toda la cara y nos impresionó mucho. Según la carta, uno de sus padres estaba gravemente enfermo y tenía que marcharse con toda urgencia. No recordamos exactamente cómo fue pero, por lo visto, todo era una artimaña para irse a otra casa en la que supuestamente le debían hacer una mejor oferta económica. La carta era falsa y la había enviado una de sus amigas. No sé cómo pero nuestra madre descubrió el pastel y la abroncó diciéndole que si se quería ir de casa no hacía falta montar ese numerito de la carta, habría sido suficiente habérselo dicho.

A partir de entonces, nuestros padres decidieron que ya no querían más mozas en casa y, gracias a eso, la gran aspiración de Toñín de tener una habitación para él solo, se vio cumplida después de tantos años de reivindicación.

No hay mal que por bien no venga.

                                                           Antonio Bofill y Juanjo Bofill

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